- #36 La palabra del mudo - Julio Ribeyro
En cada uno de nosotros existe un rincón interior en el que quedan apiladas anécdotas y recuerdos que nos impresionaron, que nos conmovieron, que nos dieron rabia, que nos hicieron o reír o llorar, y que, de tanto en tanto, reaparecen en nuestra memoria para recordarnos de qué se trata la vida.
Una parte de esa compilación son recuerdos de cosas vividas por nosotros mismos; pero otra parte no. Son cosas que hemos leído, o el chisme de un vecino, o la anécdota de un amigo, la aventura de un tío, los recuerdos de la abuela. Sus historias se vuelven nuestras, y nosotros las volvemos a contar para compartir las emociones o visiones que causaron.
Y otras veces ni siquiera son historias, sino simplemente un olor, un sabor, una melodía. La materia prima de sueños y pesadillas.
Y es así como funcionan los cuentos de Julio Ramón Ribeyro; quizás por eso es que se sientan tan íntimos y tan propios: porque son como un episodio de esos que llevamos guardados dentro.
Sus personajes se sienten familiares y cercanos; uno conecta con ellos en el acto: el viejo cruel que maltrata a sus nietos para alimentar el hambre voraz de un puerco que se llama Pascual, el colchonero que sería capaz de vender a su hija por dos pesos, el amigo que se muere de envidia por la mujer del otro, el logiero que se pasa la vida sin saber por qué hace lo que hace, el borrachín que no trabaja porque estudió para gerente… Todos nos recuerdan a algún familiar, a algún conocido o a alguna de las tantas personas que fuimos una vez.
Así, en su antología La palabra del mudo, hay diferentes tipos de cuentos. Unos divertidos, como el cuento de la chicha valiosísima que guardaba una familia desde hace años, esperando la ocasión especial para compartirla, y que un día, por necesidad adolescente, el hijo quiere vender para generar flujo de caja, y que por cosas de la vida, en vez de degustada, termina orinada por un perro.
Otros son curiosos, como el cuento de un artista que, obsesionado con la idea de que para cada uno de nosotros existe por lo menos una persona exactamente igual en este mundo, se lanza en una viaje de búsqueda que fracasa con todo éxito, pero en el que, sin embargo, encuentra el espejismo del amor, y que, al volver a casa, descubre que ha sido suplantado.
Tiene cuentos sublevantes también, como «Al pier del acantilado», que narra la historia de don Leandro y sus dos hijos, que, como tanta gente, son empujados a las afueras de las afueras mientras buscan cómo hacerle para subsistir. Este cuento tiene la apertura más linda de todas, en la que Don Leandro, que hace de narrador, se compara con la higuerilla: una planta resiliente que lo aguanta todo, pero a la que también se la considera una maleza, una hierba mala e invasora.
Escuchen cómo comienza:
«Nosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados. Véanla cómo crece en el arenal, sobre el canto rodado, en las acequias sin riego, en el desmonte, alrededor de los muladares. Ella no pide favores a nadie; pide tan solo un pedazo de espacio para sobrevivir. No le dan tregua el sol ni la sal de los vientos del mar, la pisan los hombres y los tractores, pero la higuerilla sigue creciendo, propagándose, alimentándose de piedras y de basura. Por eso digo que somos como la higuerilla nosotros, la gente del pueblo.»
¿Bonito, no?
Escribe con una ternura sutil, con mesura, tanto en el humor como en las desgracias que a veces nos muestra; como si el narrador se preocupara hasta por el más desalmado de sus personajes, con cierto respeto por la vida, que se pinta venerable e incomprensible, que a su vez es ilusión y desencanto, bella fantasía y triste realidad, que tan pronto nos da como nos quita.
Es esa sutilidad y mesura, esa dignidad que cobra la vida incluso en sus más duros desencantos, lo que más me gusta de los cuentos de Julio Ribeyro.
Uno de los cuentos que más me gustó se llama «El profesor suplente».
El cuento empieza cuando un político/profesor irrumpe de pronto en la casa de un matrimonio que ocupaba las últimas horas de la tarde ejerciendo el placer universal de quejarse, que motivos nunca faltan.
El tipo que entra inmediatamente me hace acuerdo al meritísimo juez Siqueira, lumbrera del saber y mentor del pícaro poeta que narra la historia de mi querido capitán de ultramar.
Entra entonces el meritísimo juez en su versión limeña: entra feliz de la vida y, antes de que nadie pueda hablar, anuncia que se tiene que ir ya mismo de viaje, quién sabe, tal vez a perderse en la dorada piel de la disimulada Dondoca, lo que explicaría su estado de exaltación.
Antes de que le puedan responder, le dice al dueño de casa que por fin había llegado su oportunidad, que tiene que suplantarlo en las clases del colegio durante su ausencia, que un hombre de su calidad no puede ser un simple cobrador, que este puede ser el inicio de una brillante carrera, que él siempre supo que en realidad pertenece al magisterio.
Antes de que la pareja pueda responder, el meritísimo llama por teléfono al colegio, hace todos los arreglos, los abraza, se despide y se va. Matías Palomino, que al principio parecía como incrédulo, se va dando cuenta de que las palabras del meritísimo no eran más que la pura verdad: ciertos accidentes de la vida lo pusieron de cobrador, pero una inteligencia de su calibre solo podía estar predestinada a cosas de mayor categoría; no podía continuar desperdiciando su talento. Había llegado su hora.
Se levanta y, sin decir nada, se sirve una copita del vino reservado para las visitas, le dice a su esposa que no deje que nadie lo interrumpa, ni siquiera los amigos que todas las noches pasan a jugar cartas con él, y, acto seguido, se encierra a preparar la clase que tiene que dar al día siguiente.
Se desvela estudiando y, a la mañana siguiente, antes de salir, orgulloso le dice a su esposa, que a las apuradas le limpiaba las arrugas del saco, que por favor coloque una tarjeta en la puerta que diga: «Matías Palomino, profesor de historia».
Así comienza su partida triunfal. Por fin iba a redimirse: dos veces lo habían aplazado cuando intentó ser abogado solo porque se ponía nervioso en el examen. Si lo vieran ahora, convertido en profesor a punto de impartir los graves desenlaces de la Revolución Francesa.
Entonces llega a la entrada del colegio y se da cuenta de que ha llegado 10 minutos antes. Llegar tan temprano le parece poco elegante y decide dar una vuelta a la manzana para hacer tiempo. Mientras caminaba, de pronto ve su propio reflejo en la ventana de una tienda y como que no se reconoce a él mismo; como que en ese reflejo de ojeras pronunciadas por el desvelo, de bigote caído y triste, no lograra encontrar al flamante nuevo profesor.
Un poco desanimado sigue caminando, ya volviendo al colegio; pero cuando iba llegando a la entrada, ve a un portero de uniforme y a un grupo de señores de sotana. El poder de los uniformes lo deja nervioso, le hace recordar a los jueces de sus exámenes, a los aplazos, al fracaso. En su nerviosismo, sigue caminando y pasa de largo la entrada del colegio. Se da cuenta de que los curas lo espían de reojo y cuchichean sobre él. Se pone más nervioso porque se da cuenta de que no recuerda nada de la Revolución Francesa; peor aún, lo ha mezclado todo. De pronto se me hace que lo único en que puede pensar es en Luis XVI compartiendo unas cervezas con Robespierre en un bar de Manabí.
En eso siente que alguien se acerca. Era el portero. Del susto, tumba todos sus papeles y, mientras los levantaba, el portero le pregunta si por si acaso él no era el nuevo profesor suplente.
¡Matías Palomino le responde enérgicamente que no, que se confunde, que él es cobrador!
Entonces vaga confundido hasta que se cae y se duerme. Más tarde despierta con el alboroto de los niños que salían de la escuela y, aturdido, vuelve a su casa.
Cuando llega a su casa, su esposa lo espera en la puerta y, emocionada, le pregunta si todo había ido bien en su primera clase. Él le dice que sí. Y cuando la ve, descubre que por primera vez en la vida lo estaba mirando con orgullo; entonces no puede soportarlo, la abraza y se echa a llorar.
A mí este cuento me encantó.
Primero, porque toca el tema de la identidad y de la pretensión. ¿Quiénes somos? ¿Quiénes pretendemos ser? ¿Somos nuestro oficio, la actividad por la que hemos conseguido que nos paguen? Creo que hay mucha gente para la cual su trabajo es una parte enorme de su identidad. Se deben decir a sí mismos: «No, si yo soy un intelectual, ¿cómo me voy a poner a vender ropa?»; o «No, si yo soy doctor, ¿cómo me van a poner de ayudante?»; o «No, no, no, si yo soy un artista, ¿cómo me voy a vender de esa forma? No, no puedo».
Como cuando le dijeron a mi tío que estaba gordo y se enojó: respondió que él era ganadero y no modelo. Su oficio le permitía ser gordo, lo requería. Es parte del combo. O como el tipo que era juez y que todas las mañanas se miraba al espejo y se decía a sí mismo: «Buenos días, señor juez». Y que un día, mientras se afeitaba, se cortó la mejilla e inmediatamente se disculpó: «Perdón, señor juez».
Personalmente, yo nunca le di mucha importancia a eso. Por un lado, siempre me gustó trabajar; aprendí que es una cosa digna y purificadora, al estilo protestante. Lo vi como una oportunidad para aprender, para ganarme la vida. Pero nunca lo vi como parte de mi identidad, ni tampoco lo veo como parte importante de quiénes son las personas que quiero y que veo.
Dudo mucho de que mis padres y hermanos me vean como una persona que hace los trabajos que he hecho. Estoy seguro de que cuando piensan en mí no piensan que soy un adiestrador de perros o un vendedor de bicicletas: soy Camilo, su hermano querido. ¿Y será que ellos se ven a sí mismos a través de su oficio? Espero que no, porque eso ni siquiera empieza a definir quiénes son. Y lo mismo con mis amigos.
Hagamos un ejercicio. Pensemos en el coronel Aureliano Buendía, por ejemplo. ¿Podríamos definirlo como un coronel? ¿Podríamos siquiera comenzar a conocerlo por su oficio? Si pensamos en él como un orfebre, o como revolucionario, o como un político, nos quedamos cortos, ¿no? Muy cortos. Mirándolo así, no veríamos nunca que lo que lo define es su incapacidad de amar, la soledad.
Ahora pensemos en un opuesto al coronel Aureliano Buendía: propongo a Jesús de Nazaret. De oficio también artesano, carpintero esta vez. También revolucionario y también político. Sin embargo, al contrario del coronel, lo que lo define es su absoluta capacidad de amar, de comunión total.
Volvamos al cuento. A pesar de su brevedad, veo a Matías Palomino y no veo a un cobrador, y mucho menos a un profesor de historia. Veo a un hombre confundido, con ganas de impresionar, como nos puede pasar a todos cuando estamos confundidos; de impresionar al mundo y a sí mismo también. Entonces tiene que pretender y vestirse con esa máscara que descubre en el reflejo del vidrio. Cuando el portero lo confronta, para librarse de esa máscara tiene que volverse a poner la de cobrador, y continúa confundido.
Cuando vuelve a casa, continúa confundido y le miente a su mujer, que lo mira con orgullo. Pero el orgullo no es porque ahora sea profesor de historia, sino porque ella lo quiere y piensa que ha hecho algo que lo hace feliz. Es una mirada de amor.
Solo en el abrazo de su mujer, llorando en el hombro maternal que lo conforta, vemos al Matías Palomino de verdad.
Y así es, señores y señoras, como Julio Ramón Ribeyro, con ternura y simplicidad, nos cuenta sobre la ilusión y desilusión que en todas partes significa estar vivo.
Fin
17m - Sep 3, 2026 - #35 Temporada de huracanes - Fernanda Melchor
La verdad es que después de leer La cabeza del santo, me dieron ganas de leer otro libro escrito por una mujer.
Primero busqué entre los clásicos y me decidí por El cuento de la criada, pero confieso que no me gustó. No me gustó en el mismo sentido en que no me gustó 1984, por ejemplo. Son libros que me gusta haberlos leído, como para poder conversar, como por cultura general; pero que no disfruté el proceso de leerlos, como historia, como literatura, como novela.
Entonces me acordé de que Tanja me había recomendado Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor, y resultó ser de lo mejor que he leído últimamente.
El libro empieza con un tipo de introducción que se siente cinematográfica, en la que unos niños, jugando en medio de los canales de riego de un ingenio, descubren un cuerpo humano degollado y en descomposición.
A partir de ahí, el libro narra, desde diferentes perspectivas, las historias de las personas y circunstancias que rodean esta muerte brutal.
El relato avanza a un ritmo febril, incómodo pero hipnótico. Con frases larguísimas que parecen abarcar el capítulo entero; con un abuso magistral de las “y”, y de los “que”, para unir una cosa con la otra, para ir regulando la historia, que se siente como un cuento oral, que va saliendo como un torrente, y que no deja de salir, con cierto sentido de urgencia, de nota roja, o hasta de chisme. Como si alguien te la estuviera contando después de almuerzo, en la cocina, o en el banco de alguna plaza colonial, la que antiguamente pudo estar poblada de frondosos árboles, con nombres que se han ido olvidando y perdiendo, y en la que ahora, desnuda e indefensa, rebota y revienta un olor a orines y el calor del sol.
Ese ritmo frenético está muy bien logrado, la historia te succiona y no se puede dejar de leer.
Otra de las grandes virtudes de la novela es que logra tocar temas muy delicados sin que se convierta en un sermón. Habla sobre el machismo, sobre el aborto, sobre la pobreza, las drogas, la violencia, etc. y lo hace sin que uno se sienta como en un aula magistral en la que intentan explicarte como funciona el mundo y por qué todas las desgracias que les suceden a los personajes son culpa del gobierno, o del patriarcado, o del capitalismo salvaje o de cualquier otro enemigo de poderes invencibles y de presencia omnipresente.
En temporada de huracanes los personajes son complejos, se sienten reales, se sienten de verdad. No se sienten como figuras caricaturescas y panfletarias que simplemente existen para probar un punto ya resuelto de antemano por el autor.
La bruja, por ejemplo, es víctima de las habladurías y hasta del desprecio del pueblo. Pero al mismo tiempo tiene una relación de complicidad con las mujeres que la visitan a escondidas: la bruja las ayuda y las escucha cuando nadie más está dispuesto a hacerlo. Y sin embargo, la Bruja está lejos de ser la típica pobre víctima inocente. Al parecer, intercambia favores sexuales con los adolescentes a cambio de droga y dinero. En el tiempo presente de la narración la Bruja tiene 45 años, y los chicos que la visitan todavía van a la escuela. Luismi tiene 18 y se sobreentiende que ya hace un tiempo que tienen una historia. Y para aumentar las contradicciones todavía más, esos chicos son los mismos que después la roban y ultrajan.
La relaciones e interrelaciones entre estos personajes y sus circunstancias son complejas, como la vida, y el narrador no los juzga o los utiliza para demostrar un punto. Simplemente nos cuenta sus historias, sus miserias, sus pequeños sueños.
En resumen, Temporada de huracanes no se siente como si nos intenten embutir respuestas prefabricadas, sino generar reflexión al problematizar un tema. Fernanda Melchor, de manera inteligente te va mostrando lo que te quiere mostrar, para que uno mismo se pueda preguntar:
¿Por qué la abuela de Yesenia maltrata a sus hijas y nietas mientras adula a su hijo y a su nieto? ¿Por qué Brandon siente tanto pánico de ser considerado poco hombre por sus amigos? ¿Por qué tantos niños crecen sin padre? ¿Por qué las chicas tienen que recurrir al burdel? ¿De dónde sale tanta miseria ? ¿Y qué es la maldad? ¿Y qué hacer?¿Y por qué Norma se siente culpable? ¿Y por qué tienen que pasar estas cosas? ¿Y dónde está la familia tradicional como red de apoyo y seguridad? ¿Dónde está el Estado? ¿Dónde está Dios?¿Y por qué la vida, cuya belleza hemos defendido tanto, se vuelve de pronto un laberinto de terror, del que no se puede ni salir ni escapar?
6m - Jul 26, 2026 - #34 La cabeza del santo - Socorro Acioli
Hace algunas semanas terminé de leer La cabeza del santo, el primer libro de Socorro Acioli.
La primera hoja del libro es una de esas impactantes páginas en blanco que sirven de adorno a alguna poderosa frase prestada de alguien más. En este caso, es una cita de Pedro Páramo, que funciona como recuerdo y como aviso.
En la siguiente hoja comienza la historia de Samuel, que, al igual que Juan Preciado, emprende un viaje hacia un pobre pueblo en ruinas, en busca de un padre perdido al que no conoce ni quiere conocer.
El camino a pie hasta Candeia es duro, y el paisaje semidesértico del sertão cearense no parece tan diferente al de Comala.
Como yo nunca he estado personalmente, ni cerca de Jalisco ni de Juazeiro del Norte, cuando leo sobre este tipo de paisaje —que no deja de ser un protagonista omnipresente en estas historias—, recuerdo los áridos terrenos de los alrededores de Pucará, o a las solitarias piedras entre Llallagua y Siglo XX.
Después de una larga travesía, cuando Samuel llega mendigando a Candeia, encuentra una tremenda estatua de San Antonio de Padua, solo que está decapitada: el cuerpo gigante está arriba de una montaña y la enorme cabeza de concreto está abajo. A falta de un lugar mejor, Samuel se resguarda de las inclemencias del tiempo dentro de la cabeza; pero de madrugada lo despiertan media docena de voces que le rezan al santo. Resulta que dentro de la cabeza, Samuel, y solo Samuel, es capaz de escuchar los rezos que le hacen en los alrededores al santo casamentero.
Dada su triste condición de mendigo, Samuel decide usar su nuevo talento para lucrar y hacer negocio con las solteronas del pueblo. Este es el motor de su simpática historia, en la que también vamos conociendo las venturas y desventuras del pueblo de Candeia y su gente.
Lo más increíble es que la estatua decapitada de verdad existe, y estuvo sin cabeza durante décadas, hasta que la historia del libro se hizo viral y generó presión suficiente para que, después de 39 años de acefalía, finalmente le construyeran una nueva cabeza al pobre santo.
La cabeza original, la que hizo de casa y refugio para Samuel en sus tiempos de mendigo, todavía sigue a los pies del santo y ahora sirve como museo y destino turístico para los mochileros literarios.
Socorro Acioli nos muestra la pobreza, la opresión, el abuso, que forman parte de la realidad del sertao brasilero, pero también su encanto, su resiliencia frente a la adversidad, su valentía a la hora de soñar y de mantener viva la esperanza. Y tiene la capacidad de hacerlo hasta en una sola frase, como cuando dice “que era todo tan lindo que apenas cabía en sus pequeños sueños, tuvo que aprender a soñar más”.
Así fue que en Candeia pude ver que, a diferencia de los abandonados pueblos mineros, o del purgatorio sofocante de Comala, donde las personas parecen confundirse con el paisaje: en sus silencios, en sus inescrutables miradas lentas, en su solemne carga del pasado que va marcando su caminar sin tiempo; en el sertão de Acioli las personas, en lugar de mimetizarse, hacen un contraste frente al paisaje: son abiertamente chismosas, expresivas con desconocidos y extraños, y en lugar de cargar gravemente con las tragedias del pasado, se ríen tanto de ellas como de sí mismas.
Tal vez por eso el libro se siente leve, ligero, como una brisa por dentro, que se agradece porque hace falta, porque qué sería de la vida sin poder conversar, de vez en cuando, con algún embustero, algún saca suerte, algún encantador de serpientes, de nombre Eligio, Vasco, o Gabriel.
5m - Jun 4, 2026 - #33 La Odisea - Homero
No me dieron los dioses el talento del canto que hechiza las almas,
ni la visión del poeta que encuadra palabras.
Mas quiera la Musa, hoy día, poder ayudarme,
pues deseo hablar de la historia del pacientísimo Ulises, destructor de ciudades.
Hay algo que siempre me maravilló de los mitos y las leyendas:
La idea de lo eterno; lo continuo.
De lo que, frente a lo que cambia, queda.
Pues, similar a los inmortales que habitan el éter divino,
el mar de anchos caminos, o el sombrío país de los sueños,
parecen haber patrones en la experiencia humana que, aunque se transforman, perduran a través del tiempo.
La Ilíada y La Odisea funcionan, en parte, porque logran conectar con esas disposiciones recurrentes. Y en ese algo que persiste se esconde un sutil tipo de magia que, me parece a mí, es de los más bravos encantamientos del arte.
Los milenios pasan; las estructuras sociales cambian; nacen nuevos idiomas y culturas. Cambia el ritmo con el que las personas viven y entienden la vida; y cambian las maneras en que se considera correcto vivir. Sin embargo, a pesar de todo eso, hay historias que no sólo sobreviven, sino que continúan vivas. Se siguen contando e interpretando, a las luces y sombras de los efímeros días que a cada uno le toca vivir.
Yo me imagino a innúmeras personas narrando, bajo el cielo poblado de estrellas, el dilema de Aquiles, el de pies ligeros: elegir entre una vida larga, tranquila y olvidable, y una existencia corta que le dé gloria eterna. Imagino a madres de madres contando a sus hijos las astucias de Ulises, el de heroica paciencia: cómo engaña a los cíclopes; cómo se las ingenia para oír, sin perderse, el canto de las hermosas sirenas, que hechizan a todos los hombres; y cómo navega, en su oscuro navío, hasta el mismísimo límite del mundo; hasta aquel tenebroso país que permanece sumergido entre la bruma y la niebla, y por el que jamás han aparecido los brillantes rayos del sol.
Recuerdo a mi padre hablándome de los aqueos, de hermosas grebas, en feroz y épico combate con los troyanos altivos, mientras los dioses escogían a sus preferidos entre los pobres mortales. E incluso hoy, antes de encontrarse con el Sueño, soberano de todos los dioses y todos los hombres, Aurelio, mi hijo querido, se maravilla escuchándome repetir las aladas palabras de Homero.
Ahora bien: ¿cuáles serían esas fuerzas atemporales que encontramos en la Odisea?
La Odisea es, principalmente, una historia sobre el regreso: la larga y difícil restitución de un orden perdido.
Ese impulso por volver —que guía a Ulises por mares inciertos y tierras extrañas; que lo hace continuar, incluso cuando fuerzas terribles lo amenazan de muerte, u otras, igual o más terribles aún, lo seducen con los placeres del cuerpo y del olvido—, ese impulso por volver, decía, es una de las fuerzas más persistentes en la experiencia humana.
Ulises no sólo quiere sobrevivir, quiere volver a casa, quiere volver a ser el padre de Telémaco, el esposo de Penélope, el Rey de Ítaca. Lo paradójico es que para poder volver tiene que cambiar, tiene que mentir, disimular, transformarse. No puede seguir siendo el mismo después de ver morir a sus amigos, de convivir con dioses y monstruos, de pasar por el mismísimo infierno con tal de volver. Ítaca tampoco puede ser la misma de cuando él partió. Telémaco ya creció sin padre, Penélope ya envejeció en soledad, su casa fue tomada por otros hombres y su madre ya falleció en la tristeza de no verlo volver.
Y lo comprendemos.
Porque nadie vuelve igual de la guerra.
Ni del amor.
Ni de la enfermedad.
Ni de la pérdida.
Ni siquiera del paso del tiempo.
Lo comprendemos.
Por la increíble nostalgia que nos provoca reconocer que en realidad no es posible volver.
Sin embargo, no dejamos de añorar un país, un barrio, una casa, un amor, una época, una versión de nosotros mismos.
Al final Ulises vuelve, pero no él es el mismo Ulises que se fue, ni su hogar es el mismo reino que dejó.
Entonces, ¿qué significa volver?
El regreso no es a un lugar físico, no es a Ítaca, a Macondo, o a Comala, sino aquello que le da forma y sentido a la vida.
Volver no significa recuperar un pasado intacto, sino reconstruir una continuidad después del cambio y la transformación.
Quién sabe, hoy por hoy, para mí, volver puede significar, animarse a colgar hamacas del horcón, a guardar aquel cajón de las maletas hechas, o aprender a hacer café.
Para terminar quisiera decir que la Odisea es la madre y padre de todos los cuentos de aventuras occidentales, está llena de poesía que nos enaltece por dentro. De escenas de acción que no dejan de provocar asombro, y de conmovedores momentos que ahora me acompañaran por siempre.
Ojalá mañana, cuando te despierte la Aurora de dedos de rosa, te acompañen a vos también.
8m - May 14, 2026 - #32 Dune - Frank Herbert
Dune
Los libros son como pequeños artefactos mágicos.
Hay libros que nos hechizan con lo bellas que son sus palabras, otros, con la ternura que despiertan o con el tormento que provocan.
Están los libros que nos atrapan con el suspenso y esa ansiedad incontrolable que nos hace querer descubrir uno a uno los velos del misterio.
Están también los que nos fascinan. Nós encantan con la promesa de los secretos de este mundo: de la sociedad, de la naturaleza, del espíritu. Nos cuentan las fatídicas historias de las raíces de la historia. Nos hablan de orígenes, de cosas perdidas, del bien y del mal.
Son los que nos maravillan con la ilusión del saber.
Hay otros, cuyos personajes nos ayudan a vivir, nos acompañan; sus conflictos son nuestra fuente de inspiración y valentía, sus aventuras y desventuras son parte del material fundamental con el que tratamos de construirnos. Los usamos de espejo y de mapa, y volvemos a ellos, una y otra vez, intentando encontrar ese nosequé, que a veces nos falta.
Y hay otros, que a pesar del tiempo, generación tras generación, siguen atrapando lectores, y siguen siendo parte de ese material fundamental que la gente usa para dudar, y temer, y soñar, a la hora de imaginarse a sí mismos y su relación con el mundo, como si en sus páginas se escondieran los enigmas de la conciencia o inconciencia colectiva, los secretos mismos del ser.
Hoy quisiera hablar de Dune, un libro que creo que es, y será, de esos que superan la prueba del tiempo. Se publicó hace ya 60 años, y desde entonces se ha convertido en un clásico con tremenda influencia en la cultura popular contemporánea.
Como todos los libros que perduran, es un libro de temas atemporales: es sobre el poder, y sobre cómo la ecología, la economía, la tecnología, el conocimiento, la religión, lo individual y lo colectivo, todo, se enlaza y entrelaza en ese complejísimo juego de la política y el control.
Además, en estos días en los que la inteligencia artificial controla información cada vez más sensible y se vuelve parte de nuestra vida cotidiana, Dune se siente hoy más vigente que nunca.
La saga de Dune es larga, son varios libros. Frank Herbert escribió 6, y se sabe que estaba trabajando en un séptimo cuando murió. Hace unos días comencé a leer el quinto, y lo que me atrapó desde el principio, no fueron los conflictos internos de sus personajes, ni ningún vendaval de pasión desmesurada que los envuelve y derrumba, ni frases de una belleza que no deje respirar.
El lenguaje del libro no se siente hermoso, en el sentido que no es poético o elegante, pero su tono, entre místico y formal, funciona porque encaja perfectamente con ese ambiente retrofuturista del imperio feudal intergaláctico en el que sucede la historia, y con las interrogantes filosóficas que despierta también.
Y claro que los personajes tienen conflictos y pasiones complejas. No se sienten vacíos. Pero la historia no los explora de cerca, no se detiene mucho en ellos. Los individuos son importantes, pero su historia parece estar en función de lo colectivo. Las emociones más fuertes de la historia, las dudas e inquietudes que provoca, al menos para mí, no vienen de sus personajes y problemas individuales, sino de los colectivos.
En ese sentido, creo que la fuerza del libro viene principalmente del tremendo poder de seducción del mundo que habitan estos individuos. Y conforme van avanzando los libros, este mundo se va sintiendo, más y más, como el gran protagonista de la historia.
Ese mundo, es en parte Arrakis, el planeta desértico en el que sucede mucho de la historia, cuyo fascinante ecosistema produce la sustancia más valiosa del universo, y la extrema escasez de agua que ha moldeado la resiliente sociedad que lo habita: los Fremen.
Arrakis y los Fremen son dos ejemplos de estos cautivantes protagonistas colectivos. Arrakis es mucho más que el lugar en el que suceden los hechos. Su ecosistema es uno de los principales atractivos de la historia, y cuando este cambia, cambian también los fremen, sus tradiciones, su cultura, su forma de ver el mundo. Incluso su apariencia física. Aunque esto es algo que se va haciendo más evidente conforme uno avanza en el los libros, desde el primer momento, los misterios y valores, tanto los de Arrakis, como los de los Fremen, se sienten como algo esencial.
El destino de todos está vinculado de una forma u otra al ecosistema de Arrakis y a la sustancia que produce. Y de entrada nos vienen flashbacks de nuestra propia realidad. Sobre la dependencia que tiene una civilización respecto a una materia prima, sobre cómo los acuerdos internacionales son apenas un maquillaje ante los esfuerzos de ejercer control sobre la misma. Sobre cómo los cambios en la producción, en la distribución, en el medio ambiente del que depende esta matéria vital, tienen tremendas consecuencias macroeconómicas, geopolíticas, y claro que también en las vidas individuales. Principalmente en las de las masas que son usadas como carne de cañón en el gran tablero del juego mundial.
Pero ese mundo seductor no solo es Arrakis, sino también los otros planetas, las grandes casas que los gobiernan, y los demás conglomerados y asociaciones de poder que pactan y luchan entre sí por mayor control e influencia dentro del inmenso imperio feudal del que todos forman parte.
Entre todos esos actores colectivos, vemos que el gran juego no se juega solo con el poder duro, que en el caso de Arrakis sería garantizar militarmente el control de la producción y distribución de especia. También es de suma importancia el control de las narrativas, de las opiniones y creencias, principalmente con el uso de la religión. Y recordemos que sistemas religiosos no son solamente los que intentan explicar cosas divinas como la creación y los pecados, sino que hay ideologías que también funcionan como religiones, creando sistemas de mitos comunes que unen a grandes grupos de personas, ofreciendo un propósito común, un código de conducta y ritos que expresen y propaguen su visión del mundo.
De hecho, uno de los conflictos que me parecieron más interesantes en Dune, es el constante enfrentamiento del individuo, junto a su libre albedrío, contra sistemas y estructuras - económicas, políticas, históricas, genéticas, ecológicas - que lo preceden y sobreviven. Incluso los más poderosos de los individuos, como el propio Paul Atreides, son producto de estas estructuras y su rango de acción se ve limitado por ellas.
Pero volviendo al universo de Dune, ¿Qué es lo que tiene de seductor?, ¿cuál es el secreto de su encanto?
Creo que principalmente es su autosuficiencia, su poder de persuasión. Comenzando por los milenios de historia distante que dan forma al escenario en el que empieza a narrarse la historia, pasando por los minuciosos detalles de cómo funciona el medio ambiente de Dune, hasta en cómo todo eso se enlaza y se mezcla para formar las sociedades que poco a poco vamos conociendo y esa estética entre futurista y arcaica que nos conquista y nos ata.
El primer libro comienza en un futuro lejano, en el que la humanidad se ha expandido y ha poblado innumerables galaxias. Su pasado terrestre ha quedado perdido en los anales del tiempo y se ha convertido en un mito que pocos conocen y del que casi nadie se acuerda.
Sin embargo, miles de años antes, en algún momento de su imparable expansión, la humanidad pierde el control sobre la inteligencia artificial y es subyugada por las máquinas durante siglos. Eventualmente la humanidad se revela en lo que se llamó la Yihad Butleriana, que fue una gran guerra entre la humanidad y las máquinas pensantes.
Cuando la humanidad finalmente ganó la cruzada contra la inteligencia artificial, la desconfianza contra cualquier tipo de máquina que simule el pensamiento humano era tal, que quedaron extremadamente prohibidas hasta las más simples calculadoras.
En este nuevo universo analógico, la humanidad se ve forzada a evolucionar de diferentes formas. Con años de entrenamiento intensivo y selección genética, algunas personas son capaces de funcionar como computadoras biológicas. Otras aprenden a controlar su cuerpo de tal forma que ganan impresionantes habilidades psíquicas y motoras, y otras desarrollan ciertas capacidades prescientes que hacen posible nuevamente los viajes intergalácticos, que sin computadores eran prácticamente imposibles y extremadamente peligrosos. Estas personas se agrupan en cofradías que funcionan como grupos de poder e influencia con intereses propios dentro del nuevo sistema feudal naciente.
Otro detalle importante es que casi todas esas nuevas habilidades dependían en gran medida de los efectos psicoactivos de una sustancia llamada melange, que solamente se puede encontrar en el desierto de Arrakis, ya que es producida por el complejo ciclo de vida de los enormes gusanos que ahí viven. Y cómo no no hay forma de replicarla artificialmente, se convierte en la sustancia más valiosa del universo, y producto central de la economía y la geopolítica imperial.
Hablando de la geopolítica, además de estas cofradías existen otros actores que ejercen poder político de manera más directa. El emperador, por ejemplo. Pero el emperador no puede hacer lo que le dé la gana. El emperador domina porque tiene la mayor fuerza militar del universo, pero el resto de las casas juntas pueden equiparar su poder militar y entre ellas forman un consejo llamado Landsraad, cuya función es poner en jaque el poder imperial para evitar lo que sería considerado una tiranía total. Entonces, entre el emperador, las grandes casas, y los diferentes tipos de cofradías, sectas y conglomerados, es que se mueve y descansa el delicado equilibrio de poder.
Pero las grandes casas no son una sola unidad política, también hay conflicto y competencia entre ellas. Por ejemplo, dos de las casas más importantes, los Harkonnen y los Atreides, desde hace generaciones que son enemigos mortales.
El emperador, que ve con desconfianza la creciente popularidad e influencia de la casa Atreides tiene miedo de que puedan llegar a aspirar al trono, pero tampoco pueden atacarlos directamente sin provocar una respuesta del Landsraad.
Es precisamente en este contexto en el que comienza el primer libro, cuando el emperador, decide destituir a los Harkonnen como administradores imperiales de Arrakis, y colocar a los Atreides en su lugar. Y desde ahí uno comienza a conocer el mundo de Dune y a adentrarse en sus laberintos de conspiraciones, y sueños de revolución contra el poder y contra el destino.
Pero Dune es mucho más que una historia entretenida con un universo coherente. Es un ejemplo brutal de cómo funcionan las intrincadas tramas políticas, la manipulación de las creencias, la gestión del pasado e incluso la del porvenir en el complejo juego del poder tras bambalinas, sobre los peligros inherentes al liderazgo mesíanico, sobre las conexiones e interconexiones entre un planeta y sus habitantes, sobre las relaciones e interrelaciones entre nosotros, nuestros antepasados y nuestros descendientes.
Como toda buena historia, nos hace reflexionar y nos deja con más preguntas que respuestas. Entre las preguntas que se me aparecen una y otra vez mientras continúo leyendo los libros de Dune, es quiénes somos, dónde queda el individuo. Entre la memoria genética de nuestro pasado ancestral, entre las características del lugar en el que nos tocó existir, entre las expectativas de nuestros pares y de nuestro rol percibido en la sociedad de nuestro tiempo. ¿Qué es y dónde queda el yo? Pienso en los intentos de Jessica, de Paul, de rebelarse contra la imposición de sus destinos. Cuánta libertad tuvieron a la hora de decidir sus decisiones. Cuánta libertad tengo yo a la hora de decidir las mías. Cuánta tienes tú.
Dónde sea que se encuentre ese yo que fuimos, que somos, o que soñamos ser, y sea lo que sea que nos imponga la crueldad del tiempo o lo implacable del destino, Frank Herbert nos dejó un par de palabras para encararlo:
“No debo tener miedo.
El miedo mata la mente.
El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total.
Afrontaré mi miedo.
Permitiré que pase sobre mí y a través de mí.
Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino.
Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada.
Sólo estaré yo.”
18m - Jan 13, 2026 - #31 Don Quijote de la Mancha - Miguel de Cervantes
Don Quijote de la Mancha
Incluso sin haberla leído todo mundo sabe más o menos de qué se trata la historia del valeroso Don Quijote de la Mancha: la de un señor ya entrado en años que después de leer tantos y tantos libros de caballería, termina convencido de que la realidad imaginada es la verdadera, y que la que se percibe con los sentidos, a veces no llega a ser más que una simple ilusión.
Alonso Quijano mira a su alrededor y ve un mundo vulgar, materialista y cínico; entonces decide convertirse en Don Quijote de la Mancha, y lanzarse en busca de aventuras para salvar un mundo, que al parecer, solo existe en su imaginación: un mundo en el que la justicia existe y el valor importa. Un mundo en el que el amor es puro y en el que los sueños se hacen realidad.
Pero no puede hacerlo solo. Para comenzar necesita un corcel legendario. Ni que Pegaso, Bucéfalo, o Marengo: Don Quijote tiene al sin igual Rocinante, tan desgarbado como su dueño, la montura ideal para la flor de la caballería andante.
Además necesita una dama de quién enamorarse y a quien encomendarse: la sin par Dulcinea del Toboso, inspiración máxima de la virtud, y razón de ser de su existencia caballeresca.
Y por último, necesita un escudero que sea testigo del poder de su brazo al enderezar entuertos, desfacer agravios, amparar doncellas, socorrer huérfanos, y acudir a los menesterosos.
En una granja de puercos de un pueblo, de cuyo nombre el narrador no quiere acordarse, Don Quijote encuentra a un humilde campesino que se termina conviertiendo en el más leal escudero que caballero andante tuvo en el mundo.
Pero Sancho Panza es más que un simple escudero. Es su compañero. Y en muchos sentidos su opuesto, como lo suelen ser los mejores amigos.
Mientras a Don Quijote lo mueven ideales supremos; Sancho es sensible a apetitos más terrenales. Es pragmático, le gusta comer bien, es un tipo de este mundo. Le brillan los ojos pensando en fortunas, riquezas y la posibilidad de vivir sin hacer absolutamente nada.
Para Don Quijote, lo que imagina es más real que lo que ve: los molinos son gigantes y las ventas son castillos. Para Sancho en cambio, sólo es real lo que puede ver, y tocar y sentir.
Esa tensión - algunas veces cómica, y otras dramática - entre lo ideal y lo real es el motor de la novela, y Cervantes la usa para explorar de manera brillante, la compleja relación entre fantasía, realidad y la búsqueda de la verdad.
Mientras uno va leyendo, es imposible no pensar en lo complejas que son las relaciones entre la realidad y la ficción. En cómo la una vive de la otra, como en una existencia simbiótica, pero también; en cómo se oponen, se enfrentan, y se transforman mutuamente, en una especie de ciclo dialéctico sin fin.
A lo largo de la historia, la realidad castiga y desmiente a Don Quijote, una y otra vez, pero para él nada de eso es verdadero, sino la obra de celosos encantadores que lo persiguen y trastornan lo verdaderamente real.
Con el tiempo vemos que la realidad no es inmune al poder de convicción de Don Quijote, a la belleza del mundo que imagina, a la infinita posibilidad que representa. En él, la vida se agranda, se ennoblece, y todos somos héroes y heroínas con historias increíbles y dignas de vivir y ser vividas.
Entonces, poco a poco el mundo mágico de la caballería andante se va apoderando de la realidad, pues todos los que entran en contacto con Don Quijote se van contagiando y adaptando a la realidad imaginada que se va convirtiendo en la realidad real. Como si Cervantes ya hubiese intuido siglos atrás temas que serían clave en teorías posmodernas, o hasta en la física cuántica, mostrando que la forma en la que uno percibe el mundo tiene el poder de transformarlo.
Además, en una movida excepcional, y profetizando el metaverso digital de nuestros días, en la Segunda Parte del Quijote, Cervantes hace que sus personajes sepan que se ha escrito y leído su historia. Y aparecen otros personajes que la han leído también, y que por haberla leído quieren hacer las cosas que hacen.
En un momento conviven la ficción, la conciencia de los personajes de que esta existe, y los comentarios del narrador sobre la ficción que supuestamente ha sido escrita anteriormente, en árabe, por otro narrador -que de hecho a veces toma la palabra también-. Incluso aparece un personaje que cuando se encuentra con Don Quijote, dice haber visto a otro Quijote y a otro Sancho, que resultan ser los personajes del Quijote falso de Avellaneda, que se publicó un año antes que la segunda parte del Quijote, y que tuvo cierta influencia en el recorrido del Quijote original.
Cervantes parece decirnos que toda realidad es un relato, y que todo relato puede hacerse realidad si alguien lo cree.
Sin embargo, si bien la realidad no es inmune al valeroso corazón de Don Quijote, Don Quijote tampoco es inmune a la realidad. Gradualmente se va haciendo más cuerdo conforme avanza la historia, al punto de ver una venta donde había una venta, en lugar de imaginar un castillo.
Siempre que la realidad ataca y vence, Don Quijote la rechaza y la esquiva con excusas mágicas. Pero la realidad, siendo implacable, como de hecho lo es, contraataca envuelta en fantasía, teniendo como clímax el desgraciado duelo en Barcelona entre Don Quijote y el Caballero de la Blanca Luna, que no era otro que su vecino disfrazado una vez más.
Derrotado dentro de su misma fantasía, y despojado el sueño de su razón de ser, la locura de Don Quijote entra como en corte circuito y parece como si este se viera obligado a verla desde fuera, desde el mundo real.
Al no poder vivir como caballero andante, por unos instantes Alonso Quijano intenta inventar una nueva y maravillosa existencia, en la que está vez serán pastores enamorados. Él se convertiría en el pastor Quijotíz, y Sancho sería su gran amigo el pastor Pancino. Vivirían en el campo, tranquilos y suspirando por sus Dulcineas, cuidando cabras y componiendo versos de amor.
Infelizmente, esta nueva aventura no puede realizarse porque al llegar a su pueblo, cansado de cuerpo y alma, Don Alonso Quijano cae enfermo, y recupera la razón.
Hace ya unos meses que leí esta historia, que nos deja pensando: qué es lo real, dónde está la verdad.
El otro día miraba una entrevista en la que Borges, ya viejo, decía que él, al contrario de Alonso Quijano, que había salido de su biblioteca y que había intentado ser Don Quijote, y que, de hecho, algunas veces lo fué; él, se había quededo en su biblioteca leyendo y releyendo sus libros. Tal vez sea por eso que escribió un cuento en que la realidad imaginada se apodera de la realidad real tan solo con del poder del pensamiento compartido en libros, sin necesidad de salir a combatir gigantes o a pastorear cabras. Parece que Broges era aún más idealista.
¿Y para mi?¿ Qué es lo real? ¿Dónde está la verdad?
Después de derrotar a un barbero apavorado y arrebatarle el mágico yelmo de Mambrino, Sancho Panza, pregunta una vez más por su la ínsula que le tienen prometida. Para explicarle que antes de ganar ínsulas y reinos tienen que conquistar la gloria y la fama, Don Quijote, le narra un episodio, que es mi favorito entre sus tantos disparates. Mientras Don Quijote narraba como la hija de un hipotético rey ponía los ojos en los de un famoso caballero, y él en los de ella, y cada uno le parecía al otro cosa más divina que humana; y, sin saber cómo ni como no, quedaban presos y enlazados en la intricable red amorosa, y con gran pena en sus corazones por no saber como se han de hablar para descubrir sus ansias y sentimientos.
Mientras tanto, decía, me guiñaban un ojo Bastian Baltasar Bux, perdido en el laberinto de sus deseos, o la reprochable Señora Bovary, subiendo con su amante a un coche en Ruan, y hasta el mentirosillo Vasco Moscoso, con su gorro de Capitán y su vieja su pipa de espuma de mar.
Y recordaba, una y otra vez, la frase con la que Jorge Amado termina su historia:
“ (...)Díganme, al fin y al cabo, los señores, con sus luces y su experiencia: ¿dónde está la verdad, la absoluta verdad?(...) ¿Está la verdad en eso que sucede todos los días, en los acontecimientos cotidianos, en la mezquindad de la vida de la inmensa mayoría de los hombres, o reside la verdad en el sueño que nos es dado para huir de nuestra triste condición? ¿Cómo se elevó el hombre en su caminata por el mundo: a través del día a día de miserias y vulgaridades, o por el libre sueño sin fronteras ni limitaciones? ¿Quién llevó a Vasco da Gama y a Colón al puente de sus carabelas? ¿Quién dirige las manos de los sabios que mueven las palancas de ese juego de los sputniks, creando nuevas estrellas y una nueva luna en el cielo de este suburbio del universo? ¿Dónde está la verdad? Díganmelo, por favor.”
12m - Oct 27, 2025 - #30 La Carretera - Cormac McCarthy
La carretera
Acabo de leer la Carretera, de Cormac McCarthy, y me impactó. Tal vez porque tengo un hijo de 6 años y ser padre es uno de los aspectos fundamentales de ser la persona que ahora mismo soy, o intento ser.
El libro cuenta la historia del camino de un padre con su hijo hacia el sur, a través de un mundo que ya ha muerto.
Todos los días son nublados porque ya no brilla el sol, y las noches sin estrellas son más oscuras que la oscuridad. Siempre hace frío, y no hay comida, todo ha muerto.
Los sobreviventes vagabundean buscando refugio, latas de conserva y cuidándose de las barbaridades que pueden hacerse los unos a los otros.
Pero el autor no gasta palabras en describir este mundo post apocalíptico, sino es brevemente a través del día a día entre padre e hijo. Es a través de ellos dos que vemos lo que pasó, lo que pasa, y lo que podría pasar.
La historia te hace sentir varias cosas, pero hay algunas que son constantes de principio a fin.
La primera es el terror.
Justamente el otro día hablaba con un amigo sobre el terror en la literatura y de cómo normalmente me parece difícil asustarse leyendo libros, que normalmente las historias narradas oralmente asustan más que las escritas, por la entonación de la voz, por las pausas, los silencios, porque el narrador puede sentir a los que lo escuchan y los que lo escuchan pueden sentirlo a él. Pero este libro me mantuvo asustado todo el tiempo. No porque pasen cosas terroríficas todo el tiempo, sino porque uno sabe que en cualquier momento podrían pasar, incluso sin que el narrador lo mencione.
Cada vez que el niño tiene que esperar a su padre mientras entra a alguna casa abandonada a buscar algo para comer, y el narrador va describiendo lo que el tipo hace en la casa, como revuelve la basura, como mira si hay algo que pueda arder, como trata de encontrar algún par de zapatos… uno se queda con el corazón en la boca pensando en el niño que lo espera afuera, flaquísimo y asustado, sin tiempo de jugar.
La segunda, y en contraste con la primera, es la belleza. El libro está bellamente escrito. Escenas cortas, frases cortas, como si las palabras fueran tan valiosas como la comida. Una prosa cargada con destellos de poesía, que tanto en lo que dice, como en lo que esconde, nos maravilla nuevamente del hecho de estar vivos en este mundo encantado en el que todavía se escuchan los pájaros cantar.
Tal vez sea por la presencia de esta belleza que nos aterroriza tanto pensar que al niño le pase algo. McCarthy tuvo la capacidad de hacernos ver en él a todos los niños del mundo, y queremos, desesperadamente, que se salve. Y que con él se salven simbólicamente todos los niños que no hemos podido y los que nunca podremos salvar.
Pero, en semejante contexto, ¿qué significaría que se salve? Esta es otra cuestión que se siente presente durante toda la historia.
Están yendo hacia el sur escapando del frío, pero no hay ninguna esperanza de que las plantas revivan, o de que el sol reaparezca. En el sur tampoco hay comida y en cualquier lugar encontrar otras personas puede ser un peligro mortal. Me imagino que esta tercera cuestión es sobre el sentido de la vida.
En semejantes condiciones no sería mejor morir?
Tal vez.
De hecho, varios años atrás, cuando el viejo revolver que llevaban para casos de emergencia todavía tenía 3 balas en vez de 2, la madre del niño se había decidido por el suicidio. Y se habría llevado también al niño de haber podido. Para ella era la mejor forma de cuidarse y de cuidarlo, para ella era un acto de autopreservación, incluso de amor.
No la juzga el padre, ni el hijo, ni el narrador.
Por otro lado están los que deciden seguir viviendo, o sobreviviendo. Pero por qué, o para qué. O acaso tiene que haber una razón más allá de la vida misma insistiendo en existir? Son preguntas que van y vienen mientras acompañamos a padre e hijo por los restos desolados de un mundo erigido sobre las crueldades del nuestro.
Recuerdo que cuando tenía unos 11 o 12 años preguntaba en casa para qué vivir si de todas formas algún día nos vamos a morir y se acabó.
En las familias religiosas sería fácil responder hablando sobre el paraíso, sobre la vida después de la muerte, o sobre la reencarnación y algún acercamiento paulatino a alguna perfección.
Pero en un mundo lleno de masacres y barbaries como el nuestro, a veces es difícil hablar de un dios que se esconde en el libre albedrío que nos dió, o sobre cualquier otra esperanza divina.
Una de las frases que se me quedó de la novela dice: “no hay Dios y nosotros somos sus profetas”.
Pero a pesar de que el mundo parece estar desprovisto de cualquier tipo de sentido, y de propósito, ya sea humano, o divino, el padre decide resistir, continuar. Un día el niño le pregunta qué fue lo más valiente que ha hecho en la vida. Y el padre le responde: levantarme esta mañana. Luego el niño le pregunta si lo dice de verdad, y el padre le responde que no.
Ve al niño como su responsabilidad sagrada y la resiliencia que le da ese su amor desesperado, es el más grande acto de fé.
Esa contradicción entre un mundo devastado y la fé en el bien que eñ niño representa, marcan la historia.Y esa sería otra constante del libro. La cuestión del bien y el mal.
Porque el cómo viven los que deciden seguir haciéndolo, debe estar intrínsecamente ligado al por qué lo hacen.
De hecho, a mi me parecer, el sueño más grande que a estas alturas tiene el padre, es que su hijo, que ha tenido que vivir entre brutalidad y muerte, pueda algún día conocer la bondad.
El niño ya nace en ese mudo destruido, y en medio de la devastación, el padre se preocupa de conseguir alimento y asegurar su supervivencia física. Pero también, y no menos importante, se ha preocupado de alimentar su mundo interior. Se preocupa de qué historias contarle, sobre el pasado, sobre el presente y sobre el porvenir. De explicarle por qué hacen lo que hacen. Y otra vez las palabras se sienten tan valiosas como la comida. Saber qué decir puede ser tan difícil como encontrar qué comer.
Una de las cosas que le dice, es que ellos tienen que llevar o cargar el fuego. Dentro de ellos, como una especie de antorcha olímpica que de alguna forma simboliza todo lo que es bueno: la compasión, la esperanza, el amor.
Conforme va pasando la historia, poco a poco al principio y precipitadamente al final, los papeles se invierten, y es el niño quien va cuidando al padre. Cargar el fuego se vuelve de sus preocupaciones principales y una y otra vez le pregunta al padre si es que ellos siguen siendo los buenos.
Esta mezcla de terror, belleza, y laberintos existenciales, hacen de La Carretera un clásico moderno y un libro que no se puede dejar de leer. Es un recordatorio de que incluso en la más profunda oscuridad el fuego de la bondad puede seguir ardiendo, y de que tal vez eso sea suficiente elegir vivir, y seguir viviendo.
12m - Sep 1, 2025 - #29 Crónica de una muerte anunciada - Gabriel García Marquez
Como buscando un juguete de infancia, ayer busqué Crónica de una muerte anunciada. Fue uno de los libros que leímos en la escuela cuando era adolescente.
No me acuerdo como se llamaba nuestra profesora de literatura, pero era bajita, de pelo corto, y le gustaba usar micrófono para dar su clase. No había ninguna necesidad. Nuestro salón era una miniatura y los parlantes de la radio a la que enchufaba su micrófono de alasitas, parecían de mentira; pero cuando agarraba el micrófono, se engalanaba toda, erguía su cuerpecito altiplánico hasta parecer más alta, y pronunciaba con tanto cuidado y autoridad cada letra de cada palabra, que desaparecía su acento occidental y nadie se animaba a interrumpirla.
Esto fue hace más de 20 años, yo tendría unos 13, y me acuerdo que cuando leímos Crónica de una muerte anunciada, le gustaba hablarnos sobre no sé qué técnicas narrativas, y le gustaba mucho el hecho de que comience en el final, y cómo se generaba tensión aunque uno ya sepa en qué termina la historia. Nos hablaba de tradiciones antiguas, del conservadurismo, y de cuidar virginidades.
Y yo creo que nosotros no entendíamos mucho de lo que nos estaba diciendo, ni qué nos quería decir. Al menos yo no.
Todo parecía tan lejano, tan ajeno. Sábanas manchadas de sangre, tipos destripados en la puerta, y uno pensando qué comer en el recreo. Es complicada la pubertad. Estábamos aprendiendo a conocer las cosas de este mundo.
Entonces ayer volví a leerlo, como desempolvándome a mi mismo, casi como volviendo a desconocer el mundo conocido.
“ El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana…” García Marquez tiene las mejores frases de apertura. Y sí. Comienza por el final. Y aunque no sea una historia de misterio, a partir de ahí uno quiere saber por qué lo van a matar. Que no lo sabemos al final, sino a la mitad del libro, y después uno quiere saber si de verdad hizo lo que dicen que hizo, y después uno quiere saber qué pasó después de que lo matan.
El hecho de estar escrito como una crónica periodística, y de que el mismo García Márquez sea narrador y personaje, que mencione y aparezcan sus hermanos, su madre y sus amigos, le da un gran fuerza de persuasión y realidad.
Desde esa primera frase, el dramatismo y el sentimiento de fatalidad van en aumento. Por ejemplo, cada vez que alguien se despide de Santiago Nasar, el narrador no se olvida de mencionar que esa fue la última vez que lo vieron. La certeza que tenemos de que a este tipo lo van a matar, convierte en graves y solemnes los más triviales detalles de su vida cotidiana, y en trivial y hasta absurda cualquier consideración solemne que pudiera llegar a tener.
Pero más allá de las técnicas narrativas y de la historia en sí, como tantas otras veces con García Márquez, lo que más me maravilla, es esa sensación que nos deja sobre la inevitabilidad de la vida que nos toca vivir.
Sus personajes muchas veces no toman las decisiones más importantes, sino que son tomados por ellas. Hay decenas de ejemplos: José Arcadio Buendía matando a su vecino, Fermina Daza cuando se encuentra a Florentino Ariza en el mercado y de la nada se esfuma su encanto de amor, o aquí mismo, en Crónica de una muerte anunciada, Bayardo San Román estaba durmiendo en su hamaca cuando vió pasar a Ángela Vicario y de pronto supo que se casaría con ella.
Los personajes creen que son libres y deciden. Pero el espacio del libre albedrío se ve drásticamente atacado y reducido por la Historia y la cultura, por el entorno que los rodea, por los genes y la sangre, por el nombre con el que les toca cargar, y hasta por el lenguaje que usan para hablar y pensar. Y cuando sí deciden, sus decisiones están marcadas por fuerzas invisibles, que tienen su propias lógicas, algunas más indescifrables que otras, pero todas completamente ajenas a la razón.
Uno podría pensar que se parecen a nosotros.
Pero aunque esté dirigida por los caprichos de la fortuna , la vida nunca es monótona ni aburrida, al contrario, sin dejar de ser cíclica, nos presenta una infinitud de posibilidades. Y aunque a veces pueda ser terrible y cruel, jamás es triste y melancólica. Siempre es una fiesta espectacular, de que al final nadie saldrá vivo.
En fin, podrían haber habido tantas maneras de contar la historia de esa muerte anunciada; pero él la cuenta de tal manera, que no nos queda más remedio que aceptar el mandato ineludible del destino: que a Santiago Nassar le había llegado la hora y que tenía que morir, que aunque todo el pueblo sabía que lo iban a matar, nadie podía impedirlo, y que a pesar de intentar evitarlo contándoselo a medio mundo, a los gemelos Vicario no les quedó otra opción que tener que matarlo.
Ahora entiendo por qué lo daban en el colegio. García Márquez era un ídolo continental, el libro es corto, fácil de leer, y con temas interesantes para debatir en clase.
Lo que no entiendo y nunca entenderé son las fuerzas invisibles que mezclan y barajan los inescrutables designios del destino y la fortuna. Las fuerzas que me trajeron a vivir por estos rumbos, las que llevaron a ese viejo marinero noruego com alas de angel a naufragar en el Caribe, las que hacían a mi profesora pavonearse por el curso, o las que más de 20 años después me hacen pavonearme a mi, micrófono en mano también, en internet.
9m - Jun 19, 2025 - #28 Gracias a la vida - Violeta Parra
Hoy desperté lleno de dicha.
Con una alegría tranquila y plena. Tan tranquila que se podría confundir con cierto tipo de tristeza. Me imagino que algo parecido deben sentir los profetas cuando saben lo que tienen que saber.
El algoritmo que anda sugiriendo qué música escuchar debe estar mejorando, porque en el desayuno me puso esta canción de Violeta Parra, que tradujo la emoción con la que desperté.
Hay canciones que son grandes obras literarias, y
Gracias a la vida es una de ellas. Una canción preciosa, como un encanto que conjura en un par de minutos lo bello que es vivir.
Irónicamente, un año después de escribir esta canción, Violeta Parra se mató. Yo no la juzgo. Solo lo menciono porque no se puede hablar sobre la vida, y evitar la presencia de la muerte. Siempre está ahí, aunque no se la nombre.
Cuando hablamos sobre cómo queremos vivir y enfrentar la vida, nuestras palabras son como un reflejo de cómo esperamos recibir la muerte.
Si pensamos que en el momento en que nacemos comenzamos a morir; vivir y morir se vuelven casi sinónimos.
Ya Séneca hablaba sobre que aprender a morir es aprender a vivir. Decía: “quien aprende a morir desaprende a ser esclavo”.
La idea de la muerte como algo negativo no nos deja vivir bien. No podemos vivir como si fuésemos inmortales, sin tener presente nuestra finitud. Pero tampoco podemos vivir apresurados, pensando que la vida es corta. “Los ocupados no tienen tiempo para nada, pero no viven.”
La vida no es corta, dura lo que tiene que durar.
Séneca diría que 10 mil años no serían suficientes para quien no ha aprendido a vivir. O a morir. Que a veces parece que es lo mismo, aunque no sea igual.
Si algún día los nietos de mis nietos llegan a escuchar este mensaje, que sepan que su ancestro intentó vivir en paz con la muerte, y que si alguna vez me hizo llorar, fue solo porque no pudo evitarlo.
Ahora la canción, leída, para que resuene una vez más.
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio dos luceros que, cuando los abro
Perfecto distingo, lo negro del blanco
Y en el alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes, el hombre que yo amo
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el oído que en todo su ancho
Graba noche y días, grillos y canarios
Martillos, turbinas, ladridos, chubascos
Y la voz tan tierna de mi bien amado
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el sonido y el abecedario
Con él, las palabras que pienso y declaro
Madre, amigo, hermano y luz alumbrando
La ruta del alma del que estoy amando
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la marcha de mis pies cansados
Con ellos anduve, ciudades y charcos
Playas y desiertos, montañas y llanos
Y la casa tuya, tu calle y tu patio
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano
Cuando miro el bueno, tan lejos del malo
Cuando miro el fondo de tus ojos claros
Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
Así yo distingo, dicha de quebranto
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de ustedes, que es el mismo canto
Y el canto de todos que es mi propio canto
Gracias a la vida
6m - May 26, 2025 - #27 El viejo y el mar - Ernest Hemingway
El viejo y el mar es una historia sobre cómo encarar la vida. Confieso que la primera vez que la leí - cuando tenía unos 20 años- me aburrió un poco. No veía nada de glorioso, o entretenido, en la historia de un pescador que ya no podía pescar.
La volví a leer hace unas semanas porque me la regaló Stephi para mi cumpleaños. Y aunque ya sabía cómo acababa la historia, esta vez acompañé el viaje del pescador con entusiasmo, y disfruté mucho más de la narración y del lenguaje; especialmente cuando Hemingway cuenta cómo el pescador siempre pensaba en el mar como la mar. “Que es como la llaman en español, cuando la aman”. Y nos explica cómo los más jóvenes, con lancha a motor, o los que se referían al mar como un lugar específico o hasta como un enemigo, le decían el mar, a diferencia del viejo y los que la aman, que la ven como una entidad encantadora y misteriosa que esconde tesoros, y que si hace cosas terribles, es solo porque no puede evitarlo.
¿Qué lindo no? En una cosa tan simple expresa ese hechizo que desde siempre ejerce el mar en algunos hombres.
Sin embargo, mientras avanzaba la historia y los tiburones iban haciendo pedazos a su maravilloso pez espada, me encontré otra vez decepcionado. Y aunque racionalmente entendía el estoicismo y la dignidad de su batalla, de alguna forma yo seguía sintiendo la historia incompleta, por lo menos en mi interior. Algo no cuajaba.
El viejo y el mar es una historia sobre cómo encarar la vida y racionalmente yo entendía que sí, que en cualquier cosa que uno haga, no podemos juzgarnos por el resultado, sino por haber dado lo mejor que uno tiene para dar. Pero en mi interior un sentimiento me seguía diciendo, ¿para qué tanto alboroto?
Yo quería que el viejo gane, como un triunfo simbólico del hombre frente a la vida, frente al mundo. Y me desesperaba verlo pelear y perder. No podía entender - emocionalmente - que es justamente eso lo que hace grande a la historia.
Otra posibilidad de por qué me sentía decepcionado, o aburrido con el libro, puede ser porque siempre me gustaron las historias en las que suceden muchas cosas, ya sea en la realidad ficticia o en el mundo interior de los personajes. Solo hace falta ver algunas de las que he comentado aquí en el podcast: tenemos la espectacular extravagancia de García Márquez, o el color apasionado en los personajes de Jorge Amado, o el duelo a cuchilladas de Saramago con Dios y con la muerte. De alguna manera la historia de este pescador, sólo en el mar, con pocas palabras y sin ninguna explicación, no clasificaba. Al llegar al final no sentía esa catarsis de la que hablaba en el episodio de Madame Bovary y que uno siente con la muerte de Emma, o cuando Saramago le hace decir a Jesús en la cruz: “hombres, perdonadle porque no sabe lo que hace”, o cuando nuestro queridísimo capitán de ultramar se salva de la vergüenza y el escarnio, o cuando descubrimos que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían otra oportunidad sobre la tierra.
Ahora que pienso en eso, creo que la culpa no es del pescador. Sino de esa forma que tiene Hemingway de esconder la historia dentro de la historia. De su famoso iceberg. Yo no sentía el poder de lo que no se dice. En mi caso parece que tomó bastante tiempo de reflexión inconsciente para que la historia haga efecto en mí.
Pero entonces pasaron dos cosas. La primera y la más importante, es que unas dos semanas después de leer el libro, un día desperté pensando en la historia del viejo y el mar. Como si la hubiese soñado. Y en ese estado de trance en que nos tiene la vigilia, sentí como una revelación o una epifanía. Esas cosas pasan. No sé cómo, pero de repente sentí de verdad la lucha de Santiago. Nada había cambiado racionalmente en mi entendimiento de su historia; sin embargo, Santiago ya no era para mí un pobre pescador, sino un héroe atemporal. De repente entendí que el mismo Hemingway, que había sido el mito personificado de esa forma de vivir apasionada y llena de todo tipo de aventuras; que había sido héroe de guerra, que cazaba leones en África, que salvaba toreros, que ganaría un premio Nobel, etc. Él mismo, probablemente habría preferido ser ese nuestro viejo de manos partidas y voluntad de hierro.
Entonces, todavía dormido sentí el coro de voces que hoy critican lo que Hemingway y Santiago representan. Hasta que apareció el ser original sobre el que mi madre me cuenta, y con su voz de trueno preguntó: ¿cómo querés encarar la vida?
Y de pronto me sentí en paz con el final, y se fue la decepción que sentía con los tiburones y con el pez perdido; a veces no se puede contra el mundo, a veces no da. Pero el alboroto vale la pena, porque está cargado de significado y de sentido.
Lo segundo que pasó para que El viejo y el mar tenga un efecto total en mí, fue que leí Las nieves del Kilimanjaro, para un programa que estamos queriendo hacer con mi amigo Ángel Careaga en el que pensamos conversar sobre cuentos cortos.
Las nieves del Kilimanjaro me encantó a la primera, y funcionó como un espejo que refleja lo opuesto que el viejo el mar. El cuento comienza con la siguiente nota:
“El Kilimanjaro es una montaña cubierta de nieve de 5.895 metros de altura, y se dice que es la más alta de África. Su cima occidental se llama, en masai, Ngàje Ngài, la Casa de Dios. Cerca de la cima occidental hay el cadáver seco y congelado de un leopardo. Nadie ha explicado qué buscaba el leopardo a tal altura.”
Ese detalle me pareció absolutamente genial. Tan simple. Sin ninguna otra explicación. Nunca más se menciona al leopardo. Pero su presencia queda y se siente en todo el cuento.
La historia trata de un escritor que se está muriendo de gangrena en algún lugar entre Kenia y Tanzania. Mientras la gangrena avanza, el tipo va recordando su vida llena de experiencias, desde su infancia en Estados Unidos, hasta las guerras de Europa, pasando por burdeles en Constantinopla, pesca en la selva negra, y clásicos enredos de amor y soledad. El tipo ha vivido mucho, pero mira hacia atrás con cierto arrepentimiento. Siente que perdió su esencia al quedarse con una mujer a la que realmente no ama y con la que comparte el aletargado mundo de los ricos.
Recuerda una vida que parece alucinante, envidiable; pero que se siente vacía, carente de significado y de sentido.
Recuerda su vida y se arrepiente de no haber escrito sobre lo que vivió. Tal vez sea eso lo que le roba el sentido. Él, que había vivido tanto, pero siendo escritor no lo había escrito. Y ahora ya no hay tiempo.
¿Cómo queremos encarar la vida?
Yo creo he intentado pasar por esta vida absorbiendo apasionadamente lo que este mundo tiene para ofrecer, siempre con hambre de aprender y de vivir; y siempre vi de una forma más o menos peyorativa ese estilo de vida de los Hobbits, que temen la aventura, que viven en la comodidad de sus acogedoras cuevas bajo el suelo, atentos a la hora comer torta y de tomar té.
Siempre imaginé, que cuando cuando sea viejo y esté cerca del final, podré mirar para atrás y decirme que he visto los paisajes de este mundo, que aprendido la historia de su gente; que he vivido en diferentes lugares, conociendo sus idiomas y sus culturas, disfrutando - o sufriendo- de su humor y sus comidas, y ganándome su amor.
Y todo eso es muy bonito, pero a la hora de la verdad puede quedar en una nadería si carece de significado y de sentido.
Frente al cinismo y a la posibilidad de semejante vacío, el leopardo sigue allá arriba, invencible, igual que nuestro pescador en el mar.
Y nosotros, ¿cómo queremos encarar la vida?
Solo hay una respuesta posible: con coraje.
¿Y qué es el coraje?
Es gracia bajo presión.
11m - Apr 27, 2025 - #26 Cumbres Borrascosas - Emily Brontë
Lo primero que me impresionó fue la historia misma de las hermanas Brontë. Cómo es posible que, desde una sola casa en un pueblo relativamente aislado, tres hermanas autodidactas, con recursos limitados y en una época en la que era muchísimo más difícil escribir siendo mujer, ellas escribieran - casi al mismo tiempo -, libros que hoy son considerados clásicos indiscutibles de la literatura.
El fenómeno de las hermanas Brontë no tiene paralelos en la historia. Y como todo lo que es único, no dejan de maravillar y seducir.
Infelizmente, las tres tuvieron una muerte prematura. Uno solo puede imaginar lo que habrían continuado escribiendo si hubieran tenido más tiempo y más salud.
Me decidí por leer primero Cumbres Borrascosas simplemente porque me encantó el título. Ya me daba la impresión de algo aislado, sombrío, medio mitológico. Casi como un sortilegio. Sobre todo en inglés. Wuthering Heights. Como decir abracadabra, o Hocus Pocus.
De entrada vale la pena decir que Cumbres Borrascosas es mucho más que una simple historia de amor. También es una historia de crueldades, de venganza, de obsesión.
El libro comienza cuando el nuevo inquilino de una mansión alejada de todo, el señor Lockwood, va a visitar al dueño que se la alquila. El dueño vive en la finca vecina, a unos 4 kilómetros, al otro lado del páramo, en unas cumbres donde siempre da el viento. En esa casa todo aparece medio oscuro y misterioso, casi como un cuento de terror.
El dueño de casa es el señor Heathcliff, y además de él en la casa de las cumbres hay una joven que a los ojos del señor Lockwood es increíblemente linda, y enigmática. Él piensa que es la esposa del señor Heathcliff, pero luego le corrigen que es su nuera. También hay otro joven que al principio el señor Lockwood no sabía si era familiar o sirviente, por su postura orgullosa, y sus ropas campesinas. Cuando el joven también se sienta a la mesa con ellos, el inquilino piensa que es el hijo del señor Heathcliff, pero de nuevo le dicen que no. Resulta que el hijo del Sr. Heathcliff ha muerto. Y no le dan ninguna otra explicación.
El inquilino es el que comienza narrando la historia en primera persona, y de entrada uno quiere saber quién es la gente de esa casa y qué fue lo que pasó ahí, porque no parecen una familia normal. El inquilino vuelve a su casa recién alquilada, y una de las sirvientas, Nelly, le comienza a contar toda la historia.
Dentro del relato de Nelly, hay momentos en que otros personajes comienzan a contar algunas partes de la historia, y más adelante el inquilino retoma la palabra también. Por ejemplo hay partes en las que escuchamos como Nelly le cuenta al inquilino, lo que le contaron a ella.
Esta estructura con diferentes perspectivas no solo crea una atmósfera de misterio y complejidad, sino que también añade capas de subjetividad y distorsión. Al final, estamos escuchando lo que alguien dijo que le dijeron que pasó. Y digo escuchar , y no ver o leer porque justamente nos da la sensación -por lo menos a mí- de que estamos escuchando un chisme, o un cuento oral, más que leyendo una novela. Le da un toque íntimo, que nos mete en la historia y no nos suelta hasta el final.
Nelly comienza a contar la historia cuando ella trabajaba en la casa de Cumbres Borrascosas, aproximadamente unos 30 años antes de que el señor Lockwood se siente a escucharla. En esa época la casa pertenecía a la familia Earnshaw. La pareja tenía dos hijos, Hindley de unos 13 años, y Catherine de unos 6. La propia Nelly tendría alrededor de los 18 años en ese entonces.
Un día, el padre tenía que ir a la gran ciudad, e iba a traer regalos para sus hijos y para Nelly. Pero en vez de volver a la hora que había dicho que volvería, se retrasó horas de horas. Y cuando por fin volvió, algunos de los regalos se habían roto o no había podido traer exactamente lo prometido, porque resulta que bajo su abrigo, además de los regalos, también traía a un huerfanito con rasgos de gitano que había encontrado abandonado en la calle, y con el que, por alguna razón, se encariñó hasta el fin de sus días.
Y así es como empieza el drama de Cumbres Borrascosas. El niño se queda a vivir con ellos y le ponen de nombre y apellido simplemente Heathcliff. El hijo mayor, Hindley, crece envidiando y maltratándolo. Mientras más lo adulaba el padre, más lo maltrataba. Heathcliff aguantaba los abusos sin quejarse ni decir nada, y tratando de sacar provecho como podía.
Por otro lado, él y Catherine tenían la misma naturaleza orgullosa e indomable. Viven haciendo travesuras, se vuelven inseparables, y con el tiempo terminan construyendo esa unión de almas casi etérea, épica y sublime, típica del Romanticismo. No es amor - o por lo menos no es solo amor-, es como si los dos fueran, de alguna forma, un solo ser. Es una unión que va más allá de lo físico, de lo moral, e incluso de la vida y la muerte.
Después que fallecen los padres, la mansión de Cumbres Borrascosas poco a poco se va volviendo un lugar más tétrico, más cruel, y menos habitable. Mientras tanto, al otro lado del páramo está la otra finca, La Granja de los Tordos, en la que ahora el señor Lockwood está escuchando a Nelly. En esa época, en esa casa vivía la familia Linton, que tenían un hijo y una hija -Edgar e Isabella-, de edades no muy distintas a las de Heathcliff y Catherine.
Estas dos casas y el páramo entre ellas son el escenario de la historia. Frente a Cumbres Borrascosas que se vuelve un lugar cada vez más inhóspito y terrible -lleno de gritos, de rencores y maltratos -, La Granja de los Tordos representa la civilización, la calma, la paz y estabilidad. Un refugio, pero sin que por eso pueda siempre contener las pasiones que atormentan el alma humana.
Cuando el hermano de Catherine se hace cargo de Cumbres Borrascosas, por fin tiene el poder de quitarle a Heathcliff ese lugar de privilegio que había tenido mientras vivía su padre. Lo convierte en un sirviente, le quita la educación que tenía, lo margina, lo humilla y lo denigra; pero a Heathcliff nada de esto parece importarle, porque lo único que realmente le importa es estar con Catherine, con la que a pesar de todo, seguían siendo inseparables. Y entonces entran en escena los Linton.
Hasta aquí la novela se lee de forma voraz, no porque uno quiera saber como termina la historia, ya que desde el principio sabemos que Catherine muere, que la nuera de Heathcliff es la hija que ella tuvo con Edgar, que también ha fallecido. Y que el hijo muerto de Heathcliff también es hijo de Isabella, la hermana de Edgar.
O sea, desde el principio sabemos que estos dos seres de Cumbres Borrascosas - pasionales e irracionales - se terminan casando con los dos Linton, que por lo general son más racionales y cautos. Lo que no sabemos y queremos saber es cómo, o más importante todavía, por qué.
Y como con toda buena historia, puede ser que después de terminar de leer, sigamos queriendo saber esas respuestas.
El otro día estaba conversando con mi tío Quico sobre Cumbres Borrascosas, y él me pasó un video super interesante en el que una señora analiza y compara tres novelas de las hermanas Brontë. En una parte del video dice que tanto la desgracia de Heathcliff como la de Catherine, suceden porque ella, este ser libre y pasional, decide casarse con Edgar Linton, que es un tipo muy parecido al buen Charles Bovary, solo que mucho más rico y un poco menos manso.
En el video ella ve esto como una traición, tanto hacia Heathcliff, o a su amor por él, como una traición hacia ella misma. Lo ve como una traición, porque en esa decisión ella ve un intento de Catherine de ser un ser racional y no lo que ella es: desbordante pasión. Ella ve que en esa decisión Catherine cede su libertad individual y acepta la esclavitud de las convicciones sociales.
Esta decisión de Catherine es el punto neurálgico de la historia y el libro aquí me pareció tremendo, encantador. Nelly le sigue contando la historia al señor Lockwood. En ese momento Nelly está narrando como Catherine le cuenta lo que siente y lo que piensa y que ha decidido casarse con Linton, sin saber que Heathcliff estaba descansando al otro lado.
En una de las frases más lindas de la novela, Catherine le explica a Nelly: "Mi amor por Linton es como el follaje de los bosques: sé muy bien que el tiempo lo cambiará, como el invierno cambia los árboles. En cambio mi amor por Heathcliff se parece a las rocas eternas bajo el suelo: una fuente de escaso deleite visible, pero necesaria. ¡Nelly, yo soy Heathcliff! Está siempre, siempre en mi mente; no como un placer —del mismo modo que yo no soy un placer para mí misma—, sino como mi propio ser."
Ahora volvamos al centro del conflicto. En un primer momento también vi en la decisión de Catherine un tipo de conveniencia racional. Sí parecía como si ella estuviese intentando ser algo que no es, y de ahí viene esa idea de traición a sí misma. Pero después cambié de opinión. No creo que su decisión haya sido ni racional, ni una traición a sí misma, creo que ella estaba siendo exactamente como ella era y quería ser.
No veo la decisión de Catherine como una traición, en primer lugar porque este su amor por Heathcliff era tan profundo, que no necesitaba de ningún matrimonio, ni de nada terrenal para existir, o para que ella lo viva plenamente. Además ella en ningún momento renuncia, ni renunciaría a que Heathcliff deje de ser una parte central en su vida.
Y en segundo lugar, porque a pesar de lo importante que es Heathcliff, como ella misma lo explica: yo soy Heathcliff. Eso no es todo lo que ella es. Ella es más que simplemente ese amor y esa pasión por Heathcliff. Catherine no es un ser unidimensional. Teme vivir en la miseria, se avergüenza de ser la esposa de un criado. Y por otro lado, también quiere a Linton, no lo ama de esa forma desaforada y trascendental como ama a Heathcliff, pero lo quiere, es un buen tipo, y disfruta de ser la dama que ella es a su lado. No hay nada de esclavizante en todo eso, es parte de su naturaleza humana. Tan real y válido como su amor por Heathcliff.
Y no creo que su decisión sea racional, porque no es un frío cálculo de pros y contras de probabilidades, sino que está impregnada de orgullo. Ella piensa, con una ingenuidad apasionada, que puede tenerlo y controlarlo todo. Quiere ser la dama de la Granja de los Tordos por un lado y vivir su pasión fulminante por el otro.
Ella parece ser racional cuando planea casarse con Edgar y usar su dinero para ayudar a Heathcliff a salir de la situación de servidumbre en la que lo había colocado su hermano. Pero ese plan no es realista. Cómo iba un tipo como Heathcliff aceptar algo así? Es una fantasía disfrazada de estrategia. Si Heathcliff hubiese sido un tipo como Edgar o como el buen Charles, probablemente habría funcionado. Pero si Heathcliff hubiese sido así, ni hubiese sido Heathcliff, ni Catherine lo habría querido de la forma que lo hizo.
Entonces se compromete con Edgar y Heathcliff simplemente se va.
Tres años más tarde, cuando ella ya está casada, y según Nelly, viviendo en paz y tranquilidad, Heathcliff vuelve rico, poderoso y con sed de venganza. A partir de aquí el libro se vuelve incómodo y perturbador. Ya no se lee de la misma forma.
Ese huerfanito que hemos aprendido a querer, con el que hemos empatizado a través de las crueldades e injusticias que le han tocado vivir, vuelve transformado en una bestia. Al principio queremos que tenga su venganza, así como queremos y disfrutamos la venganza de Edmundo Dantes, cuando vuelve transformado en el Conde de Montecristo. Pero mientras la venganza de Edmundo parece caer de los cielos como justicia divina, Heathcliff vuelve como demonio destructor.
Heathcliff vuelve sin ningún afán de redención, sino con intención de destruirlo todo y a todos, y eso es lo que hace desde que vuelve hasta el final.
El tipo nunca culpa a Catherine, sino a todos los demás. Con ella va a querer estar siempre,haga lo que haga y pase lo que pase. Sin embargo, es incapaz de dejarla en paz. Por ejemplo, aunque ve que la destruye, no puede dejar su guerra contra Edgar y cualquier atisbo de felicidad que Edgar pueda llegar a tener. Al final es esa naturaleza de pasión desmedida, que ambos comparten, tanto para el odio como para el amor, lo que la termina matando.
La venganza de Heathcliff es tan implacable e irracional, que ataca y destruye a personas que no tienen nada que ver con su pasado, y su desgracia. Como Isabella, con la que se casa solo para causar tormento, o la hija de Catherine, e incluso su propio hijo, al que maltrata hasta el final. Al hijo de Hindley, le hace lo mismo que Hindley le hizo a él. Le quita la educación y lo transforma en un sirviente bruto y orgulloso de su ignorancia. Como venganza contra su padre, lo convierte en una nueva versión de sí mismo. Lo irónico es que este chico quizás sea el único que de verdad quiso a ese espectro atormentado en el que se termina convirtiendo.
Es a través de esa nueva generación que Emily Brontë nos da una especie de esperanza. Porque para Heathcliff no hay salvación posible, el odio lo consume hasta la muerte, que es lo único a lo que él puede anhelar como reencuentro simbólico con Catherine.
A él sí lo veo como un ser más unidimensional; pero con él, Emily Brontë nos dió unos de los personajes románticos más emblemáticos de la historia. Su origen incierto y misterioso. Su amor apasionado y total, el dolor infernal que sufre y que provoca, siguen haciendo que continuemos viendo su historia de pasión imposible en canciones, series y películas, a casi 200 años de que Emily haya escrito su novela inmortal.
Fue curioso haber leído este libro justo después de leer Madame Bovary, porque una vida como la de Catherine, es lo que hubiese querido tener Emma. Una pasión trascendental y absoluta, en lugar de amores cobardes y mezquinos, una muerte poética y teatral, en lugar de una terrible y dolorosa. En fin, hubiera querido existir en una novela romántica, y no en una realista.
Sin embargo el romanticismo que usa Emily, es único, y probablemente bastante diferente a las lecturas habituales de Emma.
En Emily Brontë el amar no se trata de poseer a alguien, sino de ser con alguien. Y el amor no aparece como un refugio que salva y redime, sin
20m - Apr 12, 2025 - #25 Madame Bovary - Gustave Flaubert
Hoy quería hablar sobre Madame Bovary, novela en la que Gustave Flaubert nos cuenta la vida, en apariencia banal y fútil, de una señora burguesa, en una pequeña ciudad de la Francia del siglo XIX. Sin embargo, lejos de ser una historia trivial, la historia de Emma Bovary es una obra maestra universal que invita a la reflexión y al debate sobre muchos temas. Después de todo, Emma es un personaje complejo y fascinante.
Pero ¿Cuál es, en realidad, la tragedia de Emma? ¿Es el eterno conflicto entre libertad y responsabilidad, que la convierte en una egoísta guiada por sus caprichos y deseos, mientras su marido trabaja y una empleada cría a su hija? ¿O es, más bien, la de una víctima de un sistema patriarcal y opresivo, que la educó para ser un objeto de deseo y le negó oportunidades de independencia, haciéndole creer que el amor romántico y total era el único camino de la felicidad? ¿O acaso su verdadera tragedia es estar atrapada en su propia ilusión, incapaz de renunciar a sus sueños, aunque estos sean imposibles?
Antes de profundizar sobre su tragedia, vamos a hablar un poco sobre la historia de la Señora Bovary, para no perderse en el camino.
En resumen, el drama de Emma, es que influenciada por todas las novelas románticas que ha leído, termina idealizando el amor y la vida, como algo lleno de intensidad y de emoción. Y así como Don Quijote después de leer todas sus novelas de caballería, termina creyendo que es un caballero andante, Emma acaba creyendo que la vida debería ser una historia de amor desbordante de pasión, y de grandeza en cada instante; y que vivir sin toda esa intensidad, no es solo una injusticia, sino también una insufrible miseria.
Cuando Emma se casa con Charles Bovary, ella ya tenía todas esas expectativas sobre la vida, y de alguna forma pensaba que junto él, el mundo le daría todas esas felicidades sobre las que ya había leído en tantas historias de amor.
El problema era que Charles, a pesar de ser amable, y de quererla con toda el alma, era un tipo sencillo, aburrido, mediocre. No sabía decir frases interesantes, no sabía bailar vals, ni podía expresar pasiones imposibles. No tenía ambiciones que le quiten el sueño, ni lo carcomía la envidia, ni se moría de celos, ni guardaba rencor.
La vida al lado del buen Charles era para Emma una ofensa y una traición. Vivía entre el tedio y la depresión. A veces encontraba algún interés o pasatiempo, pero la triste realidad se terminaba imponiendo y haciéndola infeliz.
Emma intenta escapar del tedio con lujos y aventuras románticas, aveces platónicas, y a veces… totales, pero siendo la realidad como es, nunca está a la altura de sus sueños, y la búsqueda de una vida intensa se vuelve un desesperado camino de autodestrucción.
Ahora sí. Volvamos a su tragedia.
Primero que nada, ¿qué es una tragedia?
Si bien la tragedia, como expresión dramática, nace en la antigua Grecia y se utilizaba en festivales religiosos para purificar las emociones del público, seguramente existen historias trágicas desde el principio de los tiempos. La historia de Gilgamesh, por ejemplo, nos muestra su inútil búsqueda de la inmortalidad y su inevitable enfrentamiento con la muerte. Y desde entonces nos han servido para hacer catarsis, haciéndonos reflexionar sobre la existencia y el sufrimiento humano.
Catarsis significa precisamente purificación emocional. Y ya Aristóteles hablaba sobre cómo la tragedia nos sirve para purgar o liberar emociones, y con suerte, también para reflexionar y entender mejor nuestras propias vidas. Según él, la tragedia logra esto a través de la compasión y el terror: sentimos empatía, o compasión por el protagonista que sufre y, al mismo tiempo, sentimos terror, al pensar que podríamos estar en su lugar, o de que algo parecido nos puede pasar.
Sin embargo, una tragedia no es simplemente una historia en la que a un personaje le pasan desgracias e injusticias. Si a pesar de lo terrible que puede ser su camino, el protagonista aprende, cambia, o se adapta, su historia no sería una tragedia. Por ejemplo, la historia de Teseo, a pesar de tener desgracias e infortunios, no es una tragedia, ya que lo vemos cambiar, evolucionar. Comienza siendo un niño sin padre, y se termina convirtiendo en uno de los más grandes héroes de Atenas.
En cambio, por ejemplo el último cuento que comentamos, Cuánta tierra necesita un hombre, de Tolstoi, es una tragedia. En esa historia Pajón es incapaz de reconocer, y mucho menos de cambiar su ambición desmedida, lo que lo termina llevando, también, a un camino de autodestrucción.
Otra cosa importante, es que para que nosotros como público podamos tener esa conexión significativa con la historia, para que nos lleve a esa limpieza emocional, la tragedia, en su aspecto más profundo, tiene que ser universal, tiene que poder resonar con cualquier audiencia, trascendiendo las limitaciones de género, clase, o contexto histórico. Por eso las grandes historias siguen estando a pesar del tiempo.
Además de la compasión y el terror hay un tercer elemento que me parece muy interesante: la causa secreta.
En el episodio que hice sobre La ciudad y los perros ya hablé sobre la causa secreta, pero ahora vale la pena mencionarla de nuevo.
La causa secreta es lo que realmente mueve al personaje, más allá de lo que el personaje mismo cree estar buscando. Es la verdad esencial y aterradora sobre la condición humana que nos revela la tragedia.
En el caso de Emma, y volviendo a mi pregunta inicial, su tragedia no es que ella esté atrapada entre la responsabilidad y la libertad, sino que sufre porque ninguna de las dos opciones la satisface: el deber la asfixia, y la libertad que persigue nunca está a la altura de sus expectativas. Y aunque es evidente que Emma vive en una sociedad en la que las mujeres no tienen las mismas oportunidades que los hombres, esta tampoco es su tragedia, en el sentido universal del que estamos hablando.Su tragedia es no poder reconciliar la fantasía con la realidad. Ella cree que busca el amor absoluto y la felicidad apasionada, pero en realidad su causa secreta, lo que ella de verdad quiere, no es un hombre, ni una relación, ni todos los lujos del mundo, sino poder llenar un vacío existencial. Su causa secreta es su incapacidad de encontrar plenitud en la realidad, lo que la lleva a un ciclo de deseo, insatisfacción y desesperación.
Si Emma hubiese sido hombre, un príncipe, incluso, con todos los lujos y ventajas que el mundo tiene para ofrecer, seguiría siendo infeliz. Porque ella lo que quiere es una vida más bella, vibrante e intensa de lo que la realidad puede ofrecer.
Ella quería vivir una historia romántica, quizás como la de Romeo y Julieta, la de Tristán e Isolda, o la de Lancelot y Ginebra; pero en la vida real hay pocos caballeros como Lancelot, y son menos las veces en que las personas viven historias así. Y para bien o para mal, Flaubert le quiso escribir una novela realista, en la que los amantes no son heroicos, sino egoístas y cobardes, en la que no hay muertes instantáneas y gloriosas, sino dolorosas, y terribles. Un mundo muy parecido al que vemos todos los días, cuando salimos a tomar un café.
Por eso es que todos nos podemos identificar con Emma, porque nadie sueña con una vida mediocre y aburrida, porque todos nos sentimos alguna vez decepcionados con la realidad y su mezquindad. Por eso Emma es una heroina, o una anti-heorína, si se prefiere, que trasciende los límites de su contexto y de su tiempo.
Cuando terminé de leer Madame Bovary, continué leyendo sobre el libro, porque una de las cosas que más me apasiona sobre la literatura es ver cómo algunos personajes trascienden su propia historia, viven otras, narradas por otras personas, tal vez. O se los encuentra en metáforas, poemas y canciones, a veces cientos, o hasta miles de años después.
Fue así que leyendo el ensayo que Vargas LLosa escribe sobre Madame Bovary, me topé con el perfecto ejemplo de cómo funciona la tragedia en el contexto que estábamos hablando. Él cuenta un episodio en el que él estaba atravesaba una profunda crisis personal, e incluso estaba contemplando la idea del suicidio.
Y cuenta cómo al leer y releer la tragedia de Emma, en especial su último día, él lograba hacer catarsis, a través de la angustia y el dolor de Emma, que de alguna forma lo absolvian de su propio desencanto con la realidad. Emma moría, para que él pueda vivir.
Es increíble ver como algunos personajes y sus historias se vuelven tan importantes en las vidas de quienes los leen y los cometan. Nunca me deja de impresionar lo mucho que necesitamos historias y el impulso de vida que nos dan.
Hay una frase que se le atribuye a Oscar Wilde, sobre uno de los personajes de Balzac: “El gran drama de mi vida es la muerte de Lucien Rubempré. Me persigue en mis momentos de placer. Lo recuerdo cuando río.”
Hay historias que nos marcan así.
Mario Vargas Llosa, en ese ensayo, comienza usando esa frase sobre Lucien para explicar que existen personajes de ficción que pueden ser igual o más importantes en nuestras vidas que personas de carne y hueso.
Para Vargas Llosa, Emma Bovary es uno de esos personajes clave en su vida. Y como él tiene a Emma, todos tenemos historias que nos ayudan a navegar las aguas de la incerteza y nos ayudan a encarar las obligatorias transiciones de vida y de muerte que conlleva el estar aquí. Pero como vemos en la historia de Emma, la fantasía, aun con todas sus maravillas,no está libre de peligros.
Porque así como la lectura y las historias en general, ya sea en libros, películas, videojuegos, nos permiten viajar y en cierta forma vivir otras realidades, que nos ayudan a ver desde diferentes perspectivas nuestro interior y nuestra vida. También puede pasar, como le pasó a Bastian Baltasar Bux, cuando no podía, ni quería, encontrar el camino de vuelta a casa; nos puede pasar que usemos el mundo imaginario como una evasión de la realidad. Puede pasar, que en vez visitar ese mundo de manera creativa, para encontrar alguna Verdad que critique, o que transforme nuestro mundo, lo usemos de manera autodestructiva, para huir y escapar.
En el caso de Bastian, recordemos que fue cuando ya apunto de perderse para siempre en el mundo irreal, con mucha paciencia y trabajo logra encontrar su verdadera voluntad, y puede regresar a su mundo y transformarlo, al compartir con su padre esa verdad que encuentra en Fantasía.
Se podría decir que algo parecido hace Vargas Llosa cuando se sumerge en la historia de Emma, vive con ella su desilusión por la realidad, admira su rebeldía, sus ganas de vivir más allá de los límites impuestos, y la forma en que se va inmolando con tal de no vivir una existencia como la que supuestamente tiene que vivir. Pero él regresa a su mundo, y no intenta convertirlo en algún tipo de imitación o tributo del mundo fantástico. Sino que usa la historia de Emma cómo inspiración para rebelarse contra el; pero lo hace de forma creativa, y no autodestructiva. Él cuenta que fue gracias al trabajo de Flaubert que supo finalmente qué tipo de escritor él quería ser. Y fueron sus libros la negación de una realidad que no le era suficiente, y su forma de compartir con el resto de nosotros esa verdad que encontró en Fantasía.
Entonces, esa es otra de las reflexiones principales que me dejó toda esta historia de la señora Bovary.
Todos necesitamos vehementemente de fantasía y de ilusión para avanzar,para cambiar, para crear; pero también necesitamos aceptar, y tal vez incluso aferrarnos, a ciertas cosas de la realidad, para no quedar flotando en un limbo sin mucho sentido, ni valor.
A todo esto, y ya para ir terminando, la novela puede ser muy realista y todo. Pero la forma en que usa el lenguaje y describe las cosas, as veces es tan bonito, parece surreal. Es muy lindo. Uno queda como en trance con algunos de sus pasajes y descripciones. Como la escena de amor en el coche, en la que no se menciona nada de lo que pasa dentro del mismo coche, o esa última noche con Rodolphe en el jardín, o la más linda descripción de la felicidad que he leído hasta ahora, cuando el narrador describe cómo el buen Charles se moría de amor, adorándola, justo después de su matrimonio. Y lo más curioso es que Charles la continuó amando y adorando de la misma forma, a pesar de los pesares, y hasta el final de los finales. En su simplicidad, y con todas sus limitaciones, creo que ese amor fiel, ciego y abnegado de Charles, fue lo más parecido a esos amores de novelas imposibles que llega aparecer en la vida de Emma. Nadie la amó de manera más sincera y constante que él. Y sin embargo, ya vi que al pobre Charles lo humillan hasta los críticos. Haha
Aunque el otro día me topé con un artículo de Pilar Gómez Rodríguez, en el que explica la apasionante defensa de Charles que hace el escritor Jean Amery, en su texto Charles Bovary, médico rural. Muy linda e intensa lectura.La recomiendo. Es así como los personajes se escapan de los libros en los que nacieron e invaden nuestro mundo.
Podríamos seguir conversando, hay tanto por decir. Pero ahora toca volver a la realidad real. Que tengan un buen día.
17m - Mar 14, 2025 - #24 Cuánta tierra necesita un hombre - León Tolstói
Hay tanto por leer. Tantas historias. No nos va a alcanzar la vida para leer una fracción de lo que existe. Por eso creo que tenemos que escoger con cuidado qué leer. Al final, cada uno tiene sus gustos e intereses, y cada uno lee lo que mejor le parezca. Personalmente, a mí me gusta leer los clásicos, porque son historias que ya han pasado esa terrible prueba del tiempo. No leo exclusivamente clásicos, pero es lo que normalmente procuro leer. Tampoco soy de los que leen 20 libros por mes ni nada por el estilo. A veces me quedo medio año, o más, pensando en un solo libro, o en un solo personaje. Y no me parece mucho.
Desde hace un tiempo tengo la certeza de que no me va alcanzar la vida para leer todo lo que quisiera haber leído. Tal vez sea por eso que la mayoría de las veces elijo gastar, o usar, mejor dicho, mi tiempo leyendo los clásicos, en vez de las novedades.
Simplemente es un problema de finitud. La relación costo-beneficio que tienen los clásicos es imbatible. Al menos para mí.
Pero bueno, y qué hace que los clásicos sean clásicos?
Cuando hice el episodio sobre Don Casmuro, decía que los estudiosos deben tener excelentes explicaciones sobre cómo los clásicos supieron captar los estigmas de su sociedad y cómo rompieron los paradigmas literarios de su tiempo, pero que yo me conformaba con la simple idea de que los clásicos son clásicos por la especial manera que tuvieron de capturar y reflejar la esencia humana.
Entre los maestros de la literatura universal, León Tolstói ocupa un lugar único como narrador de las más profundas complejidades del alma. Sus relatos nos muestran la eterna lucha entre el bien y el mal; y la búsqueda, siempre presente, del sentido de la vida frente a la inevitabilidad de la muerte.
Nos muestran también, cómo las relaciones humanas pueden ser tanto una fuente de sufrimiento, como de redención, y nos muestran, una y otra vez, el conflicto inmemorial entre las ambiciones terrenales y nuestras aspiraciones morales, éticas, o espirituales.
En fin, las historias de Tolstói son un espejo de las pasiones, contradicciones y búsquedas esenciales de la humanidad, presentadas de una forma tan poderosa y con tal sensibilidad, que son de esas historias que probablemente perdurarán por siempre.
Hoy quería hablar de uno de sus cuentos: Cuánta tierra necesita un hombre. Ya el título me parece brutal. Cuánta tierra necesita un hombre. Porque de entrada nos conecta con tres cosas antiquísimas y, perdón la redundancia, esenciales, en esta nuestra historia como seres humanos: la primera de estas cosas es la misma tierra, que tal vez sea una de las primeras cosas que el ser humano ha sentido la necesidad de poseer, por lo que su posesión es mucho más simbólica, e íntima, que poseer un auto, por ejemplo. De hecho en muchas mitologías, incluida la cristiana, somos formados primeramente de tierra, justamente, de barro. Y en varias otras mitologías la tierra misma es una deidad. En términos generales quizás no exista posesión más significativa que la de la tierra, por la que se han librado, se libran y se continuarán librando guerras de guerras entre naciones, entre familias y entre hermanos.
La segunda de estas cosas, con las que de entrada nos conecta el título, es el concepto mismo de poseer algo. La idea de la propiedad privada, que sin duda debe tener sus orígenes en la agricultura, en el mismo uso de la tierra. Lo que hace más poderosa la conexión.
Y la tercera, la avaricia. Uno de los pecados capitales y de las más antiguas y documentadas cualidades humanas. Cuánta tierra necesita un hombre. Y saliendonos un poco del significado literal de la palabra tierra, en el título y en la historia, obviamente la tierra juega el papal de cualquier posesión. En otra palabras: Cuánto necesita un hombre. Infelizmente, la respuesta la sabemos todos antes de comenzar a leer: más. Siempre más.
En su juventud Tolstóii compró unas tierras en lo que hoy sería Rusia central, de una tribu nómada, los baskires, y esta terminó siendo la mejor inversión de su vida. Pero más adelante, Tolstói sufre una profunda crisis y transformación existencial. Uno de los resultados de ese proceso fueron sus posturas en contra de la propiedad privada y la herencia, por ejemplo. Se termina convirtiendo en un anarquista cristiano y se reprocha a sí mismo la compra de esas tierras, por haber aportado de ese modo a un sistema que él ahora despreciaba, y se reprocha a sí mismo habérselas dado a sus hijos, porque pensaba que así les había causado un enorme daño.
En esa etapa, incluso teniendo aparentemente todo: era un conde aristócrata y rico, tenía una familia, y ya había alcanzado el más grande éxito literario y la admiración universal con sus libros Guerra y Paz y Ana Karenina. Pero a pesar de todo eso, sentía un gran vacío y una enorme desilusión. Encontraba su vida carente de significado, a pesar de haber logrado lo que muchos considerarían la cúspide del éxito.
En este periodo la muerte se convierte en una obsesión para él. Se preguntaba constantemente: "¿Qué sentido tiene la vida si al final todo termina en la muerte?". Este pensamiento lo atormentaba, especialmente porque sentía que nada en su vida mundana podía darle una respuesta.
Se sumergió en la lectura de filósofos y pensadores, tanto occidentales como orientales, en busca de respuestas. Pero no encontraba nada que le diera paz interior.
Al mismo tiempo, empezó a admirar la vida simple y espiritual de los campesinos rusos. Veía en ellos una autenticidad y una conexión con la naturaleza que sentía que la aristocracia había perdido.
Eventualmente desarrolló su propia interpretación del cristianismo, basada en los Evangelios, especialmente en el Sermón de la Montaña. Sus ideas incluían el pacifismo, la no resistencia al mal, la renuncia a la propiedad privada y el rechazo a la violencia en todas sus formas. Más tarde estas ideas influyeron en figuras como Mahatma Gandhi, o Martin Luther King.
Fue en este periodo, en 1886, que Tolstói escribió Cuánta tierra necesita un hombre. Es un reflejo directo de la crisis espiritual y moral que lo llevó a rechazar la vida que llevaba y a buscar una verdad más simple y pura.
Aunque él nunca pudo dejar totalmente sus privilegios, él era consciente de sus propias contradicciones, y hablaba libremente sobre ello.
Ahora, el cuento en sí tiene un lenguaje sencillo, pero describe increíblemente bien absolutamente todo. Por ejemplo la primera vez que Pajóm, el protagonista, se convierte en propietario de tierras, Tolstoi describe cómo Pajóm mira maravillado las mismas piedras que hasta ayer eran piedras cualquieras. Y ahora las veía totalmente diferentes, porque eran sus piedras, sus pastos, sus árboles. Verlas lo llenaba de satisfacción. Por eso es que estas historias son universales. Está tan bien escrita que todos nos identificamos con Pajóm.
Pajóm es un campesino relativamente humilde que sueña con tener más tierras, porque está seguro de que así sería feliz. Pero cada vez que adquiere más, por una u otra razón, la felicidad se le escapa entre las manos, y su avaricia lo empuja a buscar más y más.
Al final, la oferta aparentemente irresistible de una tribu nómada lo lleva a una trágica carrera contra el tiempo: le iban a dar toda la tierra que pueda recorrer caminando durante un día, con la condición de regresar al punto de partida antes del atardecer.
Tolstói narra el desenlace con una maestría desoladora: Pajóm, ciego de ambición, se exige tanto que se desploma y muere exhausto con el sol, al completar el recorrido. Su sirviente toma su pala y le cava una tumba. Cuánta tierra necesita un hombre? Dos metros de tierra, de la cabeza a los pies, era todo lo que necesitaba.
Tolstói decía que "no hay grandeza donde no hay verdad", y este cuento es un ejemplo de su capacidad para revelar esas verdades fundamentales de la naturaleza humana. Al leerlo, no solo vemos la tragedia de Pajóm, sino que somos llevados a cuestionar nuestras propias vidas: Estamos corriendo tras algo que realmente necesitamos o estamos atrapados en una carrera interminable hacia el vacío?
Un abrazo, y hasta la próxima.
12m - Dec 29, 2024 - # 23 El Futuro - Julio Cortazar
Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle,
en el murmullo que brota de noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia
los completos de los subtes,
ni en los libros prestados
ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original
de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás
o en el color de un par de guantes
o una blusa.
Me enojaré amor mío,
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me pararé en la esquina
a la que no vendrás,
y diré las palabras que se dicen
y comeré las cosas que se comen
y soñaré las cosas que se sueñan
y sé muy bien que no estarás,
ni aquí adentro, la cárcel
donde aún te retengo,
ni allí fuera, este río de calles
y de puentes.
No estarás para nada,
no serás ni recuerdo,
y cuando piense en ti
pensaré un pensamiento
que oscuramente
trata de acordarse de ti.
1m - Nov 24, 2024 - #22 Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar - Luis Sepúlveda
En Marzo hice un episodio sobre la Historia Interminable, y dije que era uno de esos libros indispensables que va creciendo conmigo, bueno, este otro de esos libros.
En la portada dice que es un libro para niños de 8 a 88 años, y creo que esa es la mejor descripción que se puede hacer de este librito.
Es una historia escrita de una manera tan simple y con una sensibilidad tan auténtica y sincera que tiene el poder de conectarnos con esa primerísima esencia que nos hace humanos.
Es una historia sobre nuestro innato deseo de pertenencia, sobre la diversidad, sobre la familia, la amistad, la resiliencia y la paciencia, sobre la muerte, y sobre el amor.
El otro día lo compré para leerlo con Aurelio, y sobre la historia en sí, no hay mayor misterio, en el nombre ya está todo, es la historia de un gato que tiene que ver cómo le va a enseñarar a volar a una gaviota. No es un libro que se lea para saber cuál es el final, sino para saber cómo fue que pasó todo.
Es una historia de lo que se llama “rito de iniciación”. Es el tipo de historia en el que uno de los personajes a través de un viaje de aprendizaje y transformación tiene que pasar de una fase de la vida a otra. Por ejemplo cuando un adolescente que tiene que convertirse en hombre, o cuando alguien tiene que aceptar la muerte de un ser querido, o en el caso de esta gaviota, tiene que aprender a volar, y en el caso del gato, tiene que aprender a enseñar.
Fui leyendo el libro poco a poco con Aurelio hasta que nos faltaban más o menos unos 3 o 4 capítulos para terminar. Entonces ya no pude aguantar leerlo de a poco y una mañana me lo llevé al trabajo y lo terminé de leer en el metro, claro que después lo leí con Aurelio también, pero ese rato quería terminar de una vez.
Y me desbordó. Mientras iba en el metro leía cómo el gato hacía lo imposible para cumplir sus promesas, y como la gaviotita con el corazón inflamado de miedo y de emoción, tambaleaba sus patitas la noche de lluvia en la que aprendió a volar. Me desbordó ese sentimiento de conexión con esa esencia de la que estaba hablando. Me desbordó, y de repente en medio de ese metro lleno de adultos apurados yendo a trabajar, no pude evitarlo y me puse a llorar.
Cuando leí el libro siendo niño no me había pasado nada de eso. Había sido simplemente la bonita historia de una gaviota que quería volar.
Ese es uno de los misterios de los libros que van creciendo con uno. Es diferente cada vez.
Hacer este episodio puede que sea un intento de entender mejor cuál es esa esencia, y de acercarme un poco a ese misterio.
Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, fue el primer libro que leí solo, sin ayuda de un adulto. Ya había leído cuentos cortos yo solito, pero ese fue el primer libro que yo consideraba “ de verdad”.
Creo que tenía unos 11 años y compartía el cuarto con mi hermano Sabastián. Yo acababa de volver de vivir uno de mis mejores años, en La Paz, con mi padre y con Mónica, que se quedaron por allá todavía unos meses más. Ahora vivíamos en una casa a la que le decíamos “ el tefren” porque estaba al frente de la casa de Yoyó. Y en esa época hablabamos al revés muchas palabras. En realidad vivíamos en las dos casas. Teníamos un patio que recuerdo ser enorme, con tres o cuatro árboles de manga y una perra que se llamaba Sandunga. En esa casa mi madre tenía su taller de serigrafía, y una marca que se llamaba Borequi, que vendía ropa y accesorios para turistas.
Entre tantas cosas me acuerdo que un día cayó un loro tuerto y viejo, con aires de pirata, que no sé si se quedó o se tuvo que quedar a vivir con nosotros, y que en un sillón rojo con líneas amarillas que traspasaban pequeños cuadrados azules, mi madre se sentaba a escuchar música y comer jalapeños, esperando que nazca mi hermana Lucía.
En esa casa Yoyó nos contaba aventuras legendarias de Chano Mentira, de su amigo al que le decían Perro y de su hermano Polo, al que le encantaba comer pan con palta.
Fue ahí también donde una navidad recibí de regalo la bicicleta que me cambió la vida. Una bici es una máquina de independencia y libertad para cualquier persona. Con esa bicicleta viví muchos de mis más preciados recuerdos con mi padre, con Yoyó, con Sebastián, con mi tío Chichín, con mi primo Don Diego… con el que hacíamos cada cosa, cosas que nadie debería hacer en bicicleta a ninguna edad… Cuando nos mudamos a otra casa, en la calle Guayacán, fue con esa bicicleta que descubrí el nuevo barrio y me hice amiguísimo de Kiu. Incluso fué en esa bici que di mi primer beso. Yo no sé si Kiu algún día escuchará esto, pero yo creo que él sabe que guardo con muchísimo cariño las conversaciones, nuestros paseos en bici por calles conocidas y por conocer, nuestras noches de ajedrez, el básquet uno a uno, la comida de su abuelo y el infinito afecto que me dió toda su familia.
Esa bici me esperó fielmente en un garaje cuando nos fuimos a vivir con mi padre a Guatemala, que significa lugar de muchos árboles. En Guatemala ví las cosas que más me han impresionado en este mundo terrenal. La primera y la más impresionante, es como se levantan las ruinas de Tikal en medio de esos árboles enormes y majestuosos. Y la segunda fue cuando una tarde, volviendo de comprar alguna cosa, de repente el cielo se enrojeció y vimos el poder de un volcán haciendo erupción.
En Guatemala nos hicimos muy amigos de Diego y su familia y desde esa época comenzó a pasar sus vacaciones en nuestra casa en Bolivia. Con Diego hemos compartido tanto, se hizo primo de mis primos y amigo de mis amigos, hicimos exploraciones al país de las sirenas, y varios años más tarde compartió conmigo otro de mis mejores años, en el sur de Dinamarca.
Cuando volvimos de Guatemala, nos mudamos de casa de nuevo, nos fuimos a un barrio que se llama Cataluña, que fue el lugar en el que más he vivido, y donde más cosas me han pasado.
Pero fue justamente en ese barrio que fui dejando de ser el niño que leyó la historia de la gaviota y del gato que le enseñó a volar. Por eso la mayoría de esas cosas ya no entran en este relato.. por ejemplo el famosísimo proyecto de mi amigo Maki, de exportar plátano verdes al Japón, o el haber podido entrenar durante la pandemia con Paku, Alonzo, Lorenzo y Papitowski en un tatami armado en el patio de la casa de mi madre.
En fin, por ser las cosas como son, en Cataluña fui dejando de ver a mis amigos del otro barrio, fui dejando de andar en bici, y la bicicleta dejó de ser importante en mi vida durante unos 10 años. Esa mi bici de mil batallas mi madre se la regaló a Pedro, el jardinero del barrio, que aunque ahora ya tiene otras, la sigue usando más de 20 años después.
En Cataluña conocí a Tanja, a Verónica, a Laura, a Alejandra, a Paola…fui parte de las chicas del barrio, y crecimos juntos. Que suerte haberlas tenido, que suerte tenerlas todavía.
Me acuerdo que Vero silbaba desde la puerta para salir a darle vueltas y vueltas al barrio. Silbaba porque las casas no tienen ni timbre ni candados. Y como yo nunca aprendí a silbar, desde su puerta gritaba Tanjjjjaaaa cuando la iba a buscar. No teníamos celulares. Cómo no estar agradecido con la vida. Hacíamos fogatas, le poníamos nombre a las estrellas, inventábamos historias entre varios, probamos dell ron barato, aprendíamos a bailar.
Crecimos Juntos.
Incluso después Tanja fue conmigo a la Universidad y con Vero hasta vivimos en la misma casa un par de años.
Hoy tengo 37 años y desde mis 13 que les hablo cuando algo va bien, cuando algo va mal. Aunque sea de lejos, me alegra tenerlas todavía.
En la casa de Vero y de Tanja fue donde yo conocí a Stephi, años más tarde nos terminamos mudando a un departamento cerca de la casa del tefren justamente.
Antes de que nazca Aurelio alquilamos una casa en Cataluña y al día siguiente que nació nos mudamos.
Fue así que en la tercera casa del barrio, Aurelio conoció el asombro. Nunca me voy a olvidar de sus ojos abiertos de par en par, viendo el baile que hacen las hojas al son del viento.
Ese niño que fuí la primera vez que leí la historia del gato y de la gaviota, nunca habría podido imaginar que le iban a pasar todas esas cosas y mucho más, para terminar convirtiéndose en este hombre más o menos mediocre que ahora soy. Que un día iba a tener un hijo bávaro al que amaría más que a nada en este mundo y que haría cualquier cosa con tal de enseñarle a volar.
Así como hacían con él, así como hicieron conmigo.
Gracias.
Esa es la esencia con la que me conecta esta bellísima historia que Luis Sepúlveda escribió en la Selva Negra alemana.
Para terminar, el poemita “Las Gaviotas” de Bernardo Atxaga que también aparece en el libro:
Pero su pobre corazón
- Que es el de los equilibristas -
Por nada suspira tanto
Como por esa lluvia tonta
Que casi siempre trae viento
Que casi siempre trae sol.
15m - Nov 24, 2024 - #21 Los Buddenbrook - Thomas Mann
Los Buddenbrook - Thomas Mann
En la ceremonia en la que otorgaba el premio Nobel de Literatura de 1929, el representante de la Fundación comentaba que el gran aporte del siglo XIX a la literatura había sido la novela realista. Él explicaba que en la novela realista se mostraban las experiencias más secretas del alma humana sobre sus contextos sociales, dejando ver la interdependencia entre lo general y lo particular, logrando retratar la experiencia humana de una forma tan fidedigna y completa, que no tenía paralelos en la literatura antigua.
Los Buddenbrook, fue la primer novela alemana de este tipo, fue un éxito inmediato que hizo de su autor una estrella literaria y casi treinta años después de su publicación fue el principal motivo por el que le otorgaron el premio Nobel.
En resumen, los Bundenbrook es la historia de 4 generaciones de una familia de comerciantes del norte de Alemania durante el siglo XIX. Es un clásico de la literatura alemana y universal, y hace unos meses lo leí en otro de mis intentos por conocer y entender mejor el país en el que ahora estoy viviendo.
De hecho, como trasfondo histórico a las vicisitudes y vaivenes de la familia Buddenbrook tenemos el proceso de unificación del Estado Alemán, del que nos vamos enterando por comentarios en alguna conversación o por hechos que terminan afectando a la familia.
El libro comienza alrededor de 1834, con Prusia impulsando la Unión Aduanera entre los Estados alemanes y termina en 1877, ya en plena era imperial.
Curiosamente, leyendo la historia de los Buddenbrook muchas veces pensé en Cien años de Soledad y la historia de los Buendía. Si bien en el libro de Thomas Mann no hay nada parecido a niños que nacen con colas de cerdo, ni mujeres que tranquilamente ascienden a los cielos para no volver jamás, también hay cosas que reflejan lo surreal que puede ser la realidad, como la historía de un tío que se muere de hipo, o como el suegro del Consul que ofendido porque el pueblo se subleva y no puede llegar a su casa a las 5 para comer con su esposa, se muere en un repentino ataque de rabia. O la mujer sorda que leía a gritos la Biblia en casa de la Consulesa, en la época en que su beatitud era tal, que acogía prácticamente a cualquier religioso que pasaba por la ciudad.
Y no es porque en su desmesura nuestros escritores del siglo xx le hayan añadido lo “mágico” entre comillas, al realismo de los europeos, sino porque simplemente, como decía Manuel Scorza, nuestras realidades han sido y son delirantes.
Sin embargo, al ser ambas historias sobre la generación y degeneración de una familia a través del tiempo, me han dejado algunas sensaciones semejantes. Y así como los Buendía son el perfecto reflejo del imaginario de lo latinoameericano, al menos para mí, así también creo que los Buddenbrook son el reflejo del imaginario de lo alemán. Son reflejos de realidades y conflictos totalmente diferentes y vividos de distintas maneras, pero que en ambos casos se muestran al lector a través de las venturas y desventuras de varias generaciones de una familia legendaria.
Hay una cosa curiosa que me pasó cuando comencé a leer el libro.
Yo vivo en una ciudad pequeña al norte de Múnich, pero trabajo en Múnich. Y cuando estoy en la gran ciudad, todos los días paso caminando por un barrio que se llama Schwabing, y ya había pasado todos los días por ahí, durante meses, antes de comenzar a leer el libro, pero a los dos, tres días de comenzar a leer Los Buddenbrook, me di cuenta que en una de las casas por las que pasaba todos los días había una plaqueta que decía que en esa casa había vivido Thomas Mann por algunos años, y que fue justamente ahí, en el verano del año 1900, donde terminó de escribir Los Buddenbrook.
Cosas que pasan.
Sigamos…
Así como en Saramago sentí la sombra de la muerte aparecer y espiar desde cada esquina o en Garcia Marquez la fuerza implacable e inequívoca del destino que zarandea y apabulla a las personas de este mundo, en Thomas Mann aparece la fuerza, edificadora y devastadora a la vez, del sentimiento del deber.
Es un mundo en el que el cumplimiento del deber no nos salva de las desgracias de la vida, pero vivir ignorándolo es un pecado imperdonable, que nos condena al ostracismo y la exclusión, incluso y sobre todo, de nuestro círculo más íntimo. Si no existimos para cumplir nuestro deber, tampoco conseguimos liberarnos de él, sino que comenzamos a existir en contraposición a él. Así que de una forma u otra nos termina definiendo.
Cuando la voluntad o el deseo individual está en armonía con ese sentimiento del deber, da la impresión que todo sale bien, abunda una paz que es productiva, y flotamos en una tranquila felicidad que abarca la totalidad del tiempo presente, pasado y futuro.
Frente a esa paz y tranquilidad se encuentran todas las pasiones y lo que acarrean: la sensualidad, el caos, el desorden, lo inesperado, el descontrol, la aventura, la holgazanería, la introspección desmedida… o por ejemplo el teatro, o la música, como cualquier otra pasión, cuando no vienen con el poder constructor de la disciplina y el trabajo, encarnan el peligro del abismo, la devastación, y la locura. Recordemos que el más pasional y apasionado de los Buddenbrook terminó en un manicomio. Este pobre señor hubiese sido uno de los amigos más cuerdos de nuestro queridísimo Capitán Vasco Moscoso de Aragão en la Bahía de Jorge Amado, o un promotor de las altas artes y la cultura en Macondo o en Santa Cruz de la Sierra. Y ese fantasma que no dejaba de llamarlo desde las ventanas, sería uno más del montón si hubiese vivido en Comala.
Volviendo a Thomas Mann y el sentimiento del deber, da la impresión que cuando uno quiere una cosa contraria a lo que supuestamente debería querer, se desata la mayor de las tormentas, y la tempestad revuelve todo en nuestro interior y entre los nuestros y no hay paz, ni alegría posible, el tiempo que pasa nos tortura, y mirar al pasado o al futuro también.
Todavía no he leído otro libro de Mann, pero creo que es un tema recurrente en su obra. En Los Buddenbrook es una tensión permanente a lo largo de las generaciones desde el primer conflicto que vemos en el libro entre el Cónsul y su hijo mayor, con el que está peleado y distanciado hace años y hasta la muerte, además, porque se casó con una mujer a la que el padre no aprobaba.
Sobre este tema hay muchos ejemplos en la historia, pero hay una escena que es muy fuerte en relación a esto cuando Toni, la hija del cónsul, se acaba de casar con un tipo que le parece despreciable, porque sentía que estaba haciendo lo correcto. Lo que tenía que hacer. Y en su matrimonio, en su fiesta de matrimonio, antes de irse en la carroza con su marido, Toni se acerca a su padre y le pregunta bajito: “estás contento conmigo?”. El padre le agarra las manos con cariño y la deja ir.
Cuando se va, la Consulesa, la mamá de Toni le pregunta: “Crees que será feliz con él?” y el Cónsul Johan Buddenbrook le responde:
“Ay Bethsy, está contenta consigo misma; esa es la dicha más sólida que podemos alcanzar en la tierra.”
No voy a contar cómo continúa el matrimonio de Toni, solo quería compartir que cuando estaba leyendo el libro, una y otra vez me quedaba pensando en la forma que cada personaje va asumiendo a la hora de encarar la idea que tienen del deber… y claro, en las formas que he asumido y asumo yo, sobre las cosas que considero mi deber.
Los Buddenbrook es una novela inspirada en la propia familia de Thomas Mann, y este tema entre el deber y lo prohibido parece ser central en su propia vida privada también. Por ejemplo, al parecer él siempre tuvo deseos homoeróticos, pero en su adolescencia fue rechazado por el muchacho al que le escribía poemas, y además su hermano y otros se burlaron de él. A partir de entonces todo eso fue quedando encerrado dentro del espacio de lo peligroso, de lo prohibido, de lo que iba en contra de lo correcto o aceptado y creo que de hecho nunca llegó a tener ninguna pareja masculina ni nada por el estilo, pero parece que esos deseos siempre estuvieron ahí encadenados en el sótano.
Rosa Sala Rose, una ensayista y germanista que es realmente interesante de escuchar, tiene unas conferencias sobre Thomas Mann que se pueden ver en Youtube, la primera parte se llama “Thomas Mann: La vida desde la barrera” y la segunda “El espíritu de Alemania en la obra de Thomas Mann”. Las recomiendo muchísimo para los que estén interesados en saber más sobre su vida y obra, además escuchar a esa señora es un verdadero placer.
Ahora Volviendo al libro, Los Buddenbrook es una novela llena de frases largas y bellísimas, pero también de muchos detalles que pueden aburrir a algunas personas.
Es un libro que requiere cierto esfuerzo de parte del lector, pero es definitivamente uno de los libros que más me han impresionado, sobre todo dos capítulos, sobre los que quería hablar antes de terminar.
El primero es el de la muerte de la Consulesa Bundenbrook y el segundo es la discusión que tienen los hermanos antes del velorio, en un cuarto que estaba al lado del salón en el que descansaba su difunta madre.
Como estaba diciendo, el libro es largo, y hay que leerlo con paciencia, pero por ejemplo hay escenas, como estas dos, que ganan mucha fuerza justamente por la longitud del libro. En el primero esta es una mujer a la que conocemos desde su juventud, la hemos visto en la alegría de dar a luz a su bebé, criar y casar a sus hijos, la hemos visto sobrevivir a su marido, la hemos visto siendo abuela y la hemos acompañado en su vejez, y ahora, después de tantos años, la vemos en su cama debatiéndose entre la vida y la muerte, en medio de alucinaciones, de miedo y de dolor.
La consulesa se muere pero no se quiere morir, y después de horas de agonía se quiere morir pero no puede. Es una escena exasperante. Y la reacción de toda la familia, unos llorando al pie de la cama , otros parados en el umbral pensando en el deber, el otro ausente porque no puede soportar ver a su madre así. Es una cosa tan bien contada que parece va pasando de verdad delante nuestro.
Y el segundo de los episodios también saca mucha de su fuerza de lo largo y detallado que es el libro. ..Vemos a estos hermanos que ahora discuten, al principio por unas cucharas de plata y después por mucho más, pero a estos tipos, los conocemos desde niños, los hemos visto crecer.. y cada gesto durante la discusión, cada entonación, el dedo con el que Christian Budenbrook golpea la mesa, la forma en que se para, sus botones blancos en esa hora de luto, todo … es el tipo que ha vivido toda su vida a la sombra del hermano, en sumisión pero en oposición a él; y por fin, después de la muerte de la madre decide decirle lo que no se ha atrevido a decir nunca, es el clímax de la vida entera de una relación de hermanos. Es una escena tremenda, además narrada con maestría, el manejo de la tensión, del conflicto en aumento, los silencios.. El silencio absoluto de la esposa de Thomas, el mayor, se siente durante toda la discusión, y los llantos de la otra hermana, Toni, que esperaba el momento indicado para preguntar por la casa. La bendita casa en la que crecieron, y que de hecho hoy es un museo dedicado a la obra de Thomas Mann y de su hermano Heinrich que también fue un reconocidísimo autor.
En fin, ese capítulo está tremendamente escrito. Cuando terminé de leer esa escena estaba emocionalmente cansado y pensando que es de lo mejor que he leído en la vida.
Y un detalle, el tipo escribió todo esto antes de sus 26, 27 años.
No deja de sorprenderme lo increíble que es el invento de contar historias. Sin haber estado nunca ahí, ahora Lübeck, con su majestuosa puerta de la ciudad, con su danza de la muerte, con su orgulloso pasado de ciudad libre y Hanseática, es para mí mucho más que una simple ciudad cerca del mar.
Y cuando la visite y pase caminando por la calle Fischergrube, si es que llegó a ver una floristería, pensaré que fue ahí donde una helada mañana de Febrero, en medio de la ciudad cubierta de nieve, Thomas Buddenbrook se despidió de su amor de ojos malayos para hacer lo él pensaba que tenía que hacer.
E incluso aquí en Múnich, la Feilitzschstrasse por la que camino todos los días, los imponentes lagos al pie de los Alpes o las montañas por los que paso maravillado desde la moto… todo se vuelve un poco más especial y misterioso porque también por estos lugares acompañamos a Toni Buddenbrook en su camino de inocencia, de esperanza y de aflicción. Y porque aquí Thomas Mann escribió todo esto que definitivamente sucedió.
17m - Nov 10, 2024 - #19 Las Intermitencias de la muerte - José Saramago
El tiempo, lo efímero de la vida. El acecho, siempre presente de la muerte y el olvido. Y frente a estos, el poder de la palabra inmortal.
Estas son algunas de las constantes que siento una y otra vez en la obra de Saramago.
Además de un permanente enfrentamiento, no solo con la religión, sino con Dios, con sus designios, o con los nuestros, con la realidad tal como es, como la hemos hecho: sus jerarquías, su mezquindad, sus injusticias, su crueldad, su aparente inevitabilidad.
Además de este permanente enfrentamiento, decía, hay una búsqueda - siempre incompleta- de algún tipo de cambio, de reorganización, ya sea individual, colectiva o universal, ya sea simbólica, o ya sea material, que rectifique la existencia, y que nos ayude a entender lo inentendible, a soportar lo insoportable, a vivir… y si realmente no existe otra posibilidad, a morir.
Sus personajes e historias contagían la energía vital de la rebeldía, pero al mismo tiempo transmmiten la melancolía de quien sabe que al final nada va cambiar. Me deja con una extraña sensación de triteza, pero no de esa tristeza amarga de la negación, sino esa otra que es casi una sonrisa.
El otro día estaba en el tren y de la nada me vino el recuerdo del prefacio dell Evangelio según Jesucristo, que es una descripción verdaderamente impresionante del grabado “La crucifixion” de uno de los artistas alemanes más importantes Alberto Durero - Albrecht Duerer- creo que se dice en alemán. Y para mi esa debe ser la mejor descripción sobre cualquier cosa que he leído en mi vida. Va entre narración, explicación y reflexión, es como una síntesis de lo que se nos viene en el libro, que comienza y termina en la cruz: el problema de la culpa, la humanísima historia de Jesús, en conflicto primero con su padre José, luego con el Diablo, luego con su madre, luego con su padre Díos, al que cuestiona, al que cuestiona también el narrador, al que cuestiona también el Diablo, al que cuestionamos también nosotros, pero él que no cambia nada, porque no quiere, porque porque la vida es así y siempre lo será.
Jesús en su cruz nos pide: Perdonadlo, no sabe lo que hace.
El Evangelio según Jesucristo es un libraso, incluso recuerdo que fue después de la primera vez que lo leí que comencé a interesarme por leer la Biblia, porque aunque uno no sea religioso es super interesante conocer bien la mitología de la cultura de la que somos parte. Otro libro que tiene que va más o menos por ahí es Caín.
Entonces, ese día que iba en el tren y me acordé de ese prefacio tuve que buscar en el celular el tal grabado La Crucifixión, ventajas del mundo moderno, acceso al arte de hace 600 años al instante, y después tuve que buscar y leer el prefacio, y después todo libro, y después otro libro de Saramago, y después otro, y de un tirón eso es lo que he estado leyendo últimamente. Segunda vez que me pasa. Cuando tenía unos veinte años me enganché más o menos así con los libros de Saramago.
Tiene este estilo único que le sale todo seguido sin respetar las tradiciones de los espacios y los puntos, exige un poco de concentración, pero vale la pena, porque vamos como navegando por la historia y las ideas a toda velocidad, como sin frenos. Uno llega sin aliento al final de cada párrafo, donde de tanto en tanto nos espera la estocada de alguna frase brutal que nos deja en blanco.
“Al día siguiente no murió nadie.”
Esta es por ejemplo una de esas frases. Así comienza las Intermitencias de la muerte, en el que un primero de enero la muerte, por primera vez en su larga carrera, decide dejar de matar. La gente no deja de envejecer o de enfermar, simplemente deja de morir.
Luego, durante medio libro acompañamos una reflexión sobre la muerte, y sobre cómo sería la vida en su ausencia.
Después de meses de huelga, la muerte vuelve aparecer, pero esta vez con un nuevo sistema. Ahora las personas antes de morir van a recibir una carta color violeta una semana antes de que les llegue la hora para que así puedan decidir cómo pasar sus últimos días.
Así va trabajando la muerte, enviando por correo su correspondencia letal, hasta que pasa lo impensable: por primera vez desde que la muerte es muerte, un hombre que debería haber muerto hace una semana, resulta que no muere. Por alguna razón cada vez que la muerte le manda la carta violeta, la carta le vuelve aparecer sobre su escritorio. Inexplicablemente no puede llegar a su destinatario final: un pobre músico solitario que vive sin saber que su tiempo se ha acabado.
Desconcertada, la muerte lo sigue día y noche y termina transformándose en mujer de carne y hueso para entregarle en persona la carta mortal. En dos ocasiones lo encuentra, conversa con él, pero no puede entregarle la carta, parece que no se anima.
En la última noche del plazo que se había dado ella misma para resolver el problema del violonchelista que no moría, va a tocar el timbre de su casa y esto fue lo que pasó:
Eran las once cuando sonó el timbre de la puerta. Algún vecino con problemas, pensó el violonchelista, y se levantó para abrir. Buenas noches, dijo la mujer del palco, pisando el umbral, Buenas noches, respondió el músico, esforzándose por dominar el pasmo que le contraía la glotis, No me pide que entre, Claro que sí, por favor. Se apartó para dejarla pasar, cerró la puerta, todo despacio, lentamente, para que el corazón no le explotara. Con las piernas temblando la acompañó a la sala de música, con la mano que temblaba le indicó el sillón. Pensé que ya se habría ido, dijo, Como ve, decidí quedarme, respondió la mujer, Pero partirá mañana, A eso me comprometí, Supongo que ha venido para traerme la carta, que no la ha roto, Sí, la tengo aquí en este bolso, Démela, entonces, Tenemos tiempo, recuerdo haberle dicho que las prisas son malas consejeras, Como quiera, estoy a su disposición, Lo dice en serio, Es mi mayor defecto, todo lo digo en serio, incluso cuando hago reír, principalmente cuando hago reír, En ese caso me atrevo a pedirle un favor, Cuál, Compénseme por haber faltado ayer al concierto, No veo de qué manera, Ahí tiene un piano, Ni se le ocurra, soy un pianista mediocre, O el violonchelo, Eso es otra cosa, sí, podré tocarle una o dos piezas si se empeña, Puedo escoger, preguntó la mujer, Sí, pero sólo lo que esté a mi alcance, dentro de mis posibilidades. La mujer tomó el cuaderno de la suite número seis de bach y dijo, Esto, Es muy larga, lleva más de media hora, y ya comienza a ser tarde, Le repito que tenemos tiempo, Hay un pasaje en el preludio en que tengo dificultades, No importa, sálteselo cuando llegue, dijo la mujer, o ni será preciso, ya verá que tocará aún mejor que rostropovich. El violonchelista sonrió, Puede tener la certeza. Abrió el cuaderno sobre el atril, respiró hondo, colocó la mano izquierda en el brazo del violonchelo, la mano derecha condujo el arco hasta casi rozar las cuerdas, y comenzó. Demás sabía que no era rostropovich, que no pasaba de un solista de orquesta cuando la casualidad del programa lo exigía, pero aquí, ante esta mujer, con su perro echado a los pies, a esta hora de la noche, rodeado de libros, de cuadernos de música, de partituras, era el propio johann Sebastian bach componiendo en cóthen lo que más tarde sería llamado opus mil doce, obras ellas casi tantas como fueron las de la creación. El pasaje difícil fue traspasado sin que él se hubiera dado cuenta de la proeza que había cometido, manos felices hacían murmurar, hablar, cantar, rugir al violonchelo, he aquí lo que le faltó a rostropovich, esta sala de música, esta hora, esta mujer. Cuando él terminó, las manos de ella ya no estaban frías, las suyas ardían, por eso las manos se dieron a las manos y no se extrañaron. Pasaba mucho de la una de la madrugada cuando el violonchelista preguntó, Quiere que llame un taxi que la lleve al hotel, y la mujer respondió, No, me quedaré contigo, y le ofreció la boca.
Entraron en el dormitorio, se desnudaron, y lo que estaba escrito que sucedería sucedió por fin, y otra vez, y otra aún. Él se durmió, ella no. Entonces ella, la muerte, se levantó, abrió el bolso que había dejado en la sala y sacó la carta color violeta. Miró alrededor como si buscara un lugar donde poder dejarla, sobre el piano, sujeta entre las cuerdas del violonchelo o quizás en el propio dormitorio, debajo de la almohada en que la cabeza del hombre descansaba. No lo hizo. Fue a la cocina, encendió una cerilla, una humilde cerilla, ella que podría deshacer el papel con una mirada, reducirlo a un impalpable polvo, ella que podría pegarle fuego sólo con el contacto de los dedos, y era una simple cerilla, una cerilla común, la cerilla de todos los días, la que hacía arder la carta de la muerte, esa que sólo la muerte podía destruir. No quedaron cenizas.La muerte volvió a la cama, se abrazó al hombre, y, sin comprender lo que le estaba sucediendo, ella que nunca dormía, sintió que el sueño le bajaba suavemente los párpados. Al día siguiente no murió nadie.
Increible no? La muerte enamorada.
Creo que siempre es bueno tener a la muerte presente y esta es una linda novela para no olvidarla.
Hay una parte del libro cuando la muerte, que era el típico esqueleto con su manto negro y su gadaña y se transforma en una mujer de carne y hueso y sonrisa irresistible, para entregar aquella carta, y a su paso va dejando un difuso perfume mitad rosa y mitad crisantemo.
Resulta que ese es el mismo olor que se siente entre los papeles de la Conservaduría General de Registro Civil, en la que trabaja Don José, el protagonista de Todos los nombres, y cuyo Conservador tuvo la revolucionaria decisión de juntar en un solo archivo todos los nombres y papeles de los vivos y los muertos que tenía a su cuidado, alegando que solo juntos podían representar a la humanidad como debería ser entendida, un todo absoluto, independientemente del tiempo y los lugares y que haberlos tenido separados había sido un crimen contra el espíritu.
Todos los nombres es una novela cortita, en la que curiosamente el único nombre que aparece es el de Don José, un funcionario cincuentón de la Conservaduría del Registro Civil al que no le había pasado nada muy interesante en la vida, hasta que por accidente se le entrepapela la ficha de una mujer desconocida y de repente Don José no puede pensar en otra cosa, quién será esa mujer, cómo habrá sido su vida. Entonces es tomado por la decisión de averiguarlo, porque son las decisiones las que nos toman y no al contrario, y por primera vez comienza a vivir una aventura de verdad. Una aventura que también transita entre la vida y la muerte.
Mi escena favorita es cuando Don José entra al departamento de la mujer desconocida, y pasa lo siguiente:
La puerta chirrió al abrirse, sobresaltando al visitante, repentinamente con dudas sobre la eficacia de la justificación que había pensado dar a la portera en el caso de que lo interpelara. Se deslizó con rapidez al interior de la casa, cerró la puerta con todo cuidado y se encontró en medio de una penumbra densa, a la que le faltaba poco para ser oscuridad. Palpó la pared junto al marco de la puerta, encontró un interruptor, pero prudentemente no lo hizo funcionar, podría ser peligroso encender las luces.
Poco a poco los ojos de don José estaban habituándose a la penumbra, se diría que en situación semejante lo mismo le ocurre a cualquier persona, pero lo que comúnmente no se sabe es que los escribientes de la Conservaduría General, dada la frecuentación regular al archivo de los muertos a que están obligados, adquieren, al cabo de cierto tiempo, facultades de adecuación óptica absolutamente fuera de lo común. Llegarían a tener ojos de gato si no los alcanzase primero la edad de la jubilación.
Aunque el suelo estuviese enmoquetado, don José creyó que sería mejor descalzarse los zapatos para evitar cualquier choque o vibración que pudiese denunciar su presencia a los inquilinos del piso de abajo. Con mil cuidados descorrió los cerrojos de los postigos de una de las ventanas que daba a la calle pero sólo los abrió lo suficiente para que entrase alguna luz. Estaba en un dormitorio. Había una cómoda, un armario, una mesilla de noche. La cama, estrecha, de soltera, como se decía antes. Los muebles eran de líneas simples y claras, lo contrario del estilo bazo y pesado del mobiliario de la casa de los padres. Don José dio una vuelta por las restantes habitaciones del apartamento, que se limitaban a una sala de estar amueblada con los sofás de costumbre y una estantería de libros que ocupaba de extremo a extremo una pared, una habitación más pequeña que servía de despacho, la cocina minúscula, el cuarto de baño reducido a lo indispensable.
Aquí vivió una mujer que se suicidó por motivos desconocidos, que había estado casada y se divorció, que podría haber vuelto a vivir con los padres después del divorcio, pero que prefirió continuar sola, una mujer que como todas fue niña y muchacha, que ya en ese tiempo, de una cierta e indefinible manera, era la mujer que llegó a ser, una profesora de matemáticas que tuvo su nombre de viva en el Registro Civil junto a los nombres de todas las personas vivas de esta ciudad, una mujer cuyo nombre de muerta volvió al mundo vivo porque este don José fue a rescatarlo al mundo de los muertos, apenas el nombre, no a ella, que no podría un escribiente tanto. Con las puertas de comunicación interiores todas abiertas, la claridad del día ilumina más o menos la casa, pero don José tendrá que despacharse en la búsqueda si no quiere dejarla a medias. Abrió un cajón de la mesa del despacho, pasó los ojos vagamente por lo que había dentro, le parecieron ejercicios escolares de matemáticas, cálculos, ecuaciones, nada que le pudiese explicar las razones de la vida y de la muerte de la mujer que se sentaba en este sillón, que encendía esta lámpara, que sostenía este lápiz y con él escribía. Don José cerró lentamente el cajón, todavía comenzó a abrir otro pero no llegó al final del movimiento, se detuvo pensando un largo minuto, o fueron solamente uno pocos segundos que parecieron horas, después empujó el cajón con firmeza, después salió del despacho, después se sentó en uno de los sofás de la sala y allí se quedó. Miraba los viejos calcetines zurcidos que traía puestos, los pantalones sin raya un poco subidos, las canillas blancas y delgadas, con escaso vello. Sentía que su cuerpo se acomodaba a la concavidad suave del tapizado y de los muelles del sofá dejada por otro cuerpo, Nunca más se sentará aquí, murmuró. El silencio, que le había parecido absoluto, era cortado ahora por los sonidos de la calle, sobre todo, de vez en cuando, con el paso de un coche, pero había en el aire también una respiración pausada, un latir lento, sería tal vez la respiración de las casas cuando las dejan solas, ésta, probablemente, aún no se percató de que tiene alguien dentro. Don José se dice a sí mismo que a
27m - Jun 19, 2024 - #18 La Historia Interminable - Michael Ende
Hola Hola, cómo les va?
Hoy quería hablarles de La Historia Interminable, de Michael Ende, es uno de mis libros indispensables, de esos que van creciendo conmigo, todos tenemos de esos libros, al que uno vuelve varias veces y cada vez es un libro distinto, obviamente porque el que va cambiando es uno, pero al mismo tiempo, cuando uno lo vuelve a leer, además de ser un largo reencuentro con el libro y con sus personajes, también de alguna forma es un largo reencuentro con la persona que fuimos todas aquellas veces que leímos el libro anteriormente.
La Historia sin fin, o la historia interminable, fue escrita originalmente en alemán, y hace unos días volví a leer el libro, entre otras cosas para practicar el idioma. Lo menciono porque muchas veces dicen que el alemán es un idioma tosco o que suena agresivo, pero este es un libro tan dulce… realmente es una prueba viviente de la dulzura con la que se puede usar el alemán. Está realmente escrito con la misma ternura y simplicidad con la que uno le habla a un niño para hacerlo dormir.
Así que ya saben, es ideal para los que quieran practicar su alemán.
Además, es mucho más que una simple historia infantil. Es un libro con una historia profunda y compleja, contada de una forma simple y llena de encanto.
Y cuál es esta historia profunda y compleja?
En su simplicidad y profundidad, la Historia Interminable es un libro en muchos sentidos sobre la condición humana, a mi entender. Sobre nuestra relación con lo real y lo fantástico, sobre nuestro infinito mundo interior como fuente de significado y de vida, y sobre la importancia de compartir, también, ese mundo con otras personas en el mundo real; es un libro sobre el amor propio, pero también sobre el amor fraternal, o sea, sobre la amistad.
También es un libro sobre equilibrios, y en ese equilibrio entre la realidad y la fantasía, entre el mundo interior y el exterior, y tantos otros equilibrio que también están en el libro, o que también hay en el libro, también está el equilibrio entre la libertad y la responsabilidad. Para mi ese es de los puntos más importantes del libro.
Porque, Qué es la libertad sin responsabilidad? Qué es el individuo sin los demás? Cómo alimentarnos del poder de nuestra voluntad sin perdernos en el laberinto de los deseos?
En ese sentido el periplo de Bastian por Fantasía me hace acuerdo al dilema inicial de la Insoportable levedad del ser. Pero nos estamos adelantando… volvamos a empezar
La Historia Interminable es la historia de un niño de unos 10 años que se llama Bastian y que está atravesando por un muy mal momento. No encuentra la forma de relacionarse con su padre, sufre bullying en el colegio y nadie aprecia su único talento: el de inventar historias.
En algún momento ya habíamos dicho que no buscamos historias para escapar de la realidad, sino para encontrarla.
Y es ese precisamente el viaje que sin saberlo tiene que hacer Bastian Baltasar Bux por el reino sin fronteras de Fantasía para encontrarse a sí mismo, y a su verdadera voluntad; voluntad necesaria, además, para curar, entre comillas, el mundo en el que le tocó vivir.
Y al acompañarlo, ese es un poco también el viaje que también nosotros hacemos.
El libro está dividido en dos partes. La primera es el viaje de Bastian desde el mundo real al mundo de Fantasía. Pero este viaje no lo puede hacer por sí mismo. Es a través de las aventuras de Atreyu que Bastian puede llegar hasta Fantasía. Es un viaje del exterior al interior.
La vida real no tiene color, ni sentido. Y es a través de Atreyu que Bastian comienza su viaje de transformación.
Atreyu también es un niño, pero ni hace falta decir, es un niño lleno de cualidades que Bastián no tiene. Atreyu es el perfecto niño héroe capaz de enfrentar cualquier peligro para salvar el mundo en el que tocó vivir.
Atreyu vive en Fantasía, y Fantasía está en peligro, día a día está siendo consumida por la nada, porque hace mucho tiempo que personas del mundo real ya no la visitan para llenarla de nuevas historias.
Ya que así como el mundo real es invivible o insoportable sin fantasía, Fantasía no puede existir sin el mundo real.
Un mundo se alimenta del otro, y están entrelazados el uno al otro de la misma forma que el símbolo que se encuentra en la tapa del libro: las dos serpientes que se muerden mutuamente la cola formando la señal del infinito.
El peligro mortal que la nada representa es el drama de Fantasía y Atreyu es el héroe escogido, que para salvarla tiene que encontrar un niño de carne y hueso que traiga nuevas historias. A través de la Gran búsqueda de Atreyu Bastian se va enamorando del maravilloso mundo de Fantasía, que lo llama y lo jala cada vez con más fuerza, y a nosotros junto a él.
Fantasía está llena de magia, de misterios, y de personajes increíbles como Fújur, el dragón de la suerte, con sus ojos rojos como un rubí y cuyo canto con su voz de bronce es de las cosas más bellas que existen, o Pérellin la selva de colores fosforescentes que nace cada noche y no deja de crecer y crecer, y crecería tanto que se consumiría el mundo entero si no fuera porque cada día al amanecer despierta Graógraman, un león que cambia de colores como un camaleón y cuyo cuerpo emite un calor tal que derrite toda la selva y la convierte en un impresionante desierto multicolor. Pero cada atardecer, Graógraman se convierte en piedra y nuevamente la selva comienza a crecer y crecer, hasta que sale el sol, cuando Graógraman vuelve a despertar.
Aquí otra vez la idea de un eterno equilibrio.
Otro episodio fascinante es cuando La Emperatriz Infantil va en busca del Viejo Errante de la Montaña. Son uno como la contraparte y el reflejo opuesto del otro. Ella siempre niña, él siempre viejo, ella como la adorada inspiración a través de la cual existen todas las historias que forman Fantasía, y él, quien las escribe disciplinadamente en soledad.
Ella se ve forzada a ir a verlo, porque incluso después de la larga búsqueda que hace Atreyu, Bastián no se anima a dar el último paso para entrar.
Entonces, muy cansada, y muy enferma, ya que la nada lo está consumiendo todo, la Emperatriz Infantil va en busca del Viejo Errante para pedirle que narre desde el principio la Historia Interminable.
Y cuando se encuentran es realmente un momento fascinante y confuso, que ahora al volver a leerlo me hizo pensar en la fijación o fascinación que tiene Borges por los espejos, y por las mil y una noches.
El Viejo Errante le hace caso y comienza contar la historia desde el principio, y esta vez Bastián se lee así mismo dentro del libro, se ve a sí mismo dentro del libro, el cual se repetiría desde el principio hasta ese momento una y otra vez para siempre, a menos que él haga algo, lo que lo fuerza a entrar en el Reino de Fantasía.
Y aquí comienza la segunda parte del libro. El viaje de regreso de Bastian desde Fantasía hasta el mundo real. Un viaje del interior al exterior. El viaje de retorno, es el viaje necesario para curar el mundo en el que tocó vivir, después de beber el agua de la vida en el mundo interior.
En esta parte de la historia es imposible no recordar, para mi es imposible no recordar el podcast que hice sobre Teseo y el Minotauro, porque resulta que hay un problema: Bastian no quiere volver, y Fantasía entonces se convierte en el Laberinto, en un laberinto del que Bastián no puede salir.
Al llegar a Fantasía, para llenarla de historias, pero también para encontrar su propia voluntad, a Bastian se le otorga el poder de hacer realidad todos sus deseos. Y es así que Bastian comienza a transitar el peligrosísimo camino de los deseos.
Usando el poder de sus deseos Bastián salva a Fantasía de la nada, la llena de historias, de todo tipo de historias, pero al mismo tiempo se va transformando en todo lo que no era y él quería ser: al principio se vuelve super atractivo y fuerte, luego se hace resistente a todo tipo de adversidades, luego se hace popular y querido, luego adminado, luego respetado y más adelante hasta temido. Pero como todo en la vida tiene un costo, cada deseo le costaba un recuerdo. Por lo que poco a poco se va quedando sin recuerdos del mundo real. En el momento en que se hace fuerte, por ejemplo, se olvida que una vez fue débil, en el momento que se hace valiente, se olvida que una vez fue miedoso… Y el que no tiene recuerdos nada puede desear, y sin deseos tampoco puede encontrar su verdadera voluntad, ni el camino de regreso a casa.
Entonces, de poderoso, temido y respetado, Bastian pasa al olvido, y por poco se pierde para siempre en en el mundo irreal, con un par de deseos de sobra, es solo con paciencia y trabajo en la mina donde se encuentran los sueños perdidos es que Bastian encuentra su verdadera voluntad: que es ser capaz de amar, de amarse así mismo tal y cual él es, y de compartir ese amor, el amor de vivir con su padre, y con el mundo.
Y es una vez más gracias a la ayuda de Atreyu que Bastian llega a la fuente del agua de la vida, recupera sus recuerdos y logra volver. Bastian, que ha encontrado la alegría de vivir, al volver la comparte con su padre, y cura de cierta forma su mundo y su realidad, y al mismo tiempo, se convierte en nuestro Atreyu, y nos lleva de regreso a Fantasía, para que… Quien sabe, tal vez nosotros podamos también beber de la fuente del agua de la vida y curar el mundo en el que nos tocó vivir.
13m - Mar 26, 2024 - #17 El problema de los tres cuerpos - Liu Cixin
¿Qué tal amigos? ¿Cómo les va? Hace tiempo que no estoy por acá, no es que no haya estado leyendo, sino que he estado leyendo cosas que no tenían mucho parecido con el podcast. Por alguna razón he estado interesado en libros que no tienen nada que ver con el contenido que he hecho hasta ahora Y no quería traer esas lecturas aquí, se sentía un poco como una traición, pero extraño hacer el podcast que al final es como una terapia gratuita pero al mismo tiempo sigo interesado en otro tipo de libros he intentado leer cosas que quisiera comentar en el podcast cosas que me gustan y que quiero leer pero que últimamente no he podido llegar a terminar parece que estoy en una fase de leer otras cosas y como no quiero dejar de hacer el podcast ni quiero dejar de leer lo que me está interesando. Voy a tratar de comentar las cosas que vaya leyendo.
Hace unas semanas conseguí el último libro de una trilogía que se llama El Recuerdo del Pasado de la Tierra del escritor chino Liu Cixin aunque no sé muy bien cómo se pronuncia de verdad su nombre y... ya leí los dos primeros pero los acabo de releer para refrescar la memoria el último todavía no lo terminé pero tuve que parar hacer el podcast porque qué libro! qué librazo, sobre todo el segundo libro que se llama El Bosque Oscuro es tremendo, tremendo. Algunas cosas del final no me encantaron, pero la sensación que me dejó la totalidad del libro fue realmente de asombro.
Este no es un tipo, no es un libro así, tipo thriller en el que lo que más importa es saber qué es lo que va a pasar a continuación si no es de esos otros libros que te confrontan con cuestiones profundas y esenciales de la realidad y del ser humano no quisiera contar muchos detalles de la historia porque creo que es mejor leerlos sin saberlos sino como siempre, simplemente compartir algunas impresiones pero desde ya lo que puedo decir es que el libro tiene unas escenas poderosísimas. No recuerdo la verdad el último libro que me haya hecho imaginar tanto y quedar nuevamente sorprendido del poder mismo de la imaginación. Estamos tan acostumbrados a todo tipo de efectos especiales, de historias con todo tipo de seres y criaturas e imposibilidades que ya resulta difícil sorprenderse con algo nuevo, cada vez es más difícil tener esa sensación de niño cuando te cuentan algo increíble y maravilloso.
Bueno, estos libros lo consiguieron y me trajeron de nuevo esa sensación.
Con creatividad y usando esa habilidad para generar asombro Liu nos confronta una y otra vez con conflictos morales, conflictos éticos, sobre el uso del poder, sobre las posibilidades mismas de la existencia y de la realidad, nos hace reflexionar sobre la eterna pregunta de la maldad en el ser humano, sobre nuestro breve paso por la monstruosa enormidad del universo, sobre nuestra convivencia en este pedacito de tierra en el que giramos en el espacio, sobre nuestro tiempo y lo que hacemos con él.
El problema de los tres cuerpos comienza en Pekín a finales de los años 60, en plena revolución cultural, con guardias rojos enfrentándose entre ellos y acusándose mutuamente de contrarrevolucionarios también van humillando y ejecutando intelectuales, por ejemplo, públicamente. Uno de los intelectuales es un profesor de física al que cuestionan, humillan y al final matan, con la excusa de lo que él le enseña, como la teoría de la relatividad o la teoría del big bang van en contra de los ideales comunistas. Incluso su esposa llega a participar del acto, por sus propios motivos, y su hija que en esa época era universitaria se encuentra también ahí entre los testigos sin poder hacer nada. Esa joven se llama Ye Wenji y es una de las protagonistas más importantes de la historia.
Antes de morir, sin embargo, el profesor de física, cuando está siendo cuestionado por los guardias rojos, hace una pregunta, como defendiéndose en esa, digamos, confrontación pública que tienen. Hace la pregunta de si la filosofía debe guiar a los experimentos o los experimentos deben guiar a la filosofía. Él usa la palabra experimentos, pero creo que también podríamos usar las palabras ciencia o tecnología. Desde mi punto de vista, esta es la reflexión y la pregunta que mueve al primer libro. Y es imposible no ponerse a pensar. Obviamente también están en las cosas internas que le van pasando a los protagonistas, a los protagonistas del libro, ¿no? Por ejemplo a Ye Wenji observar, digamos, ver a su madre haciendo esto, no solo a su madre sino a todos, cuestionando, torturando básicamente a su padre, humillándolo ahí en público, y al final matándolo, obviamente todo esto la lleva a una decepción, una tremenda decepción por la humanidad, por la vida, por todo que después la llevan a hacer cosas que no les voy a contar, pero obviamente también existen todos esos motivos internos de cada personaje, pero,en general, la pregunta general digamos de la historia del libro me parece que es esta.
Y a través de Ye Wenji y su historia personal vemos algunas respuestas extremas esta pregunta, pero son innumerables las posibles historias que han habido y que pueden haber en relación a este tema, cosas que pueden pasar cuando ideas se convierten en dogma y guían y o norman o financian la búsqueda del conocimiento esperando permanentemente conseguir una autovalidación o el otro extremo, cuando sea crea o se usa tecnología sin ningún tipo de pensamiento o reflexión o entendimiento de lo que esta tecnología puede llegar a significar. Posibilidad que con la super especialización del conocimiento parece crecer exponencialmente.
Antes de hacer el podcast, le hice la misma pregunta que hizo el profesor de física, se la hice aquí a nuestro amigo el chatGPT. Me respondió que hay, digamos, personas, hay dos variantes, hay personas que creen que son los experimentos, la ciencia, que debe guiar a la filosofía y también hay lo contrario. Los que creen que la ciencia que debe guiar a la filosofía… es el empirismo científico que defiende que los experimentos científicos deberían guiar a la filosofía y por otro lado el estudio de la epistemología y de la filosofía de la ciencia argumentan que la reflexión filosófica sobre la naturaleza del conocimiento, sobre la evidencia que es evidencia, que no es evidencia sobre la metodología científica, ¿no? qué métodos se usan para generar, para adquirir conocimiento…puede proporcionar orientación y marcos conceptuales importantes para la investigación y para la interpretación de los experimentos, que la filosofía puede guiar y cuestionar la dirección de la investigación científica y ofrecer perspectivas críticas sobre los supuestos subyacentes. Chat PT termina diciendo, concluyendo,que en la práctica ambas perspectivas interactúan y se complementan mutuamente. Que puede ser que sea así en la mayoría de los casos, pero al final de la conversación aquí con la inteligencia artificial me quedé yo con la impresión que el chatGTP tiene una impresión, justamente, bastante benevolente sobre la humanidad.
En fin. Y el segundo libro, el segundo libro es un intento dramático de resolver otra pregunta, que es la paradoja de Fermi. La paradoja de Fermi es la discrepancia entre la falta de evidencia concluyente de vida extraterrestre avanzada y la aparente alta probabilidad de su existencia. O sea, las probabilidades que seamos los únicos seres con vida inteligente en la vastedad de todo lo que existe, es minúscula; y sin embargo, no hay ninguna evidencia de lo contrario. ¿Por qué? Esa es la pregunta del segundo libro, que me parece, de la misma forma que es la pregunta que guía la historia en términos generales.
El Bosque Oscuro comienza con un encuentro entre Ye Wenji, ya anciana, con su compañero de estudios. Bueno, no compañero de estudios, con un compañero de estudios de su hija, en realidad. Que se llama Luo Ji, en su breve encuentro, Ye Wenji le sugiere crear una nueva rama de estudios: la sociología cósmica, que sería el estudio teórico de cómo serían las dinámicas y las relaciones entre supuestas civilizaciones de diferentes planetas. Pero al mismo tiempo, también, cómo serían las dinámicas internas entre las relaciones entre los estados y las personas en la Tierra.
El libro también nos hace pensar sobre eso, el primer libro también ya ya nos hace pensar sobre esas cosas ¿se uniría la humanidad en una sola comunidad digamos identitaria frente a la posibilidad de que existan otros? o se dividirían aún más como por ejemplo pasó con los nativos americanos cuando llegaron los europeos a América.
Entonces, son cosas que son interesantes, no? muy interesantes de pensar y aquí en el libro las vemos dramatizadas y es super, super interesante. Y otra vez, con una increíble capacidad de generar asombro, Liu dramatiza ideas de la teoría de los juegos, por ejemplo, como el dilema de seguridad o el dilema del prisionero, y nos confronta con las nociones más básicas de lo que significa ser humano. Este libro me encantó porque este es un tema que me apasiona desde hace mucho tiempo a mí. Y la verdad que no es muy seguido que aparece tan bien explicado y dramatizado como en estos libros. Especialmente en el Bosque Oscuro. La verdad, espectacular. Espectacular esa parte.
No quiero contar más detalles de la historia para no fregarle la experiencia. Pero por ejemplo, solo así como que para hablar un poco sobre del tema. Recuerdo que en la película de Batman el caballero de la noche también hay una escena en la que el guasón intenta usar el dilema del prisionero como un arma en su batalla moral que tiene con Batman. Coloca bombas en dos barcos, uno con prisioneros y otros con ciudadanos que no son prisioneros. Cada barco tiene un detonador para la bomba del otro barco y de detonar el otro barco antes de la medianoche para salvarse.
O sea, los unos pueden hacer explotar al otro, ¿no? En la película, los ciudadanos de Ciudad Gótica tienen la fuerza necesaria para aferrarse a sus principios, a sus ideales, para tomar una decisión moral, incluso en una situación extrema, y así llegan a resolver el dilema. Sin embargo, esta no es la única, y me parece que tampoco es la más probable solución o respuesta al dilema del prisionero.
En fin, El Bosco Oscuro es un librazo, un librazo para leerse en un fin de semana largo.
Tiene una de las mejores escenas de batallas que he leído, por si acaso, para los que le interesa eso.
Sobre el tercer libro no voy a decir nada porque todavía lo estoy leyendo, todavía lo estoy disfrutando.
Otra de las cosas que me gustó de los libros, que un poco da como pena no saber chino, no? Pasa un poco cuando uno lee cualquier libro traducido, pero incluso a través de la traducción se puede apreciar cierta forma de expresión asiática como el uso de la palabra responsabilidad o de la palabra deber en situaciones en la que probablemente en el mundo occidental se usarían otras formas de expresión. Para mí, este es uno de los encantos del libro aunque sería espectacular poder leer cada libro en su idioma original.
No cuesta nada soñar.
Otro de sus encantos es el contexto histórico obre todo en el primer libro que comienza en plena revolución cultural como ya conté y luego nos va llevando como de casualidad a través de aciertos y tragedias por el proceso de transformación del estado y de la sociedad china de la segunda mitad del siglo pasado la verdad que es muy interesante eso, no?
Y por último otra cosa que me gustó es la capacidad que tiene Liu para contagiar su pasión por las matemáticas, los algoritmos, los números. Él mismo cuenta en una nota al final del primer libro que lo que él intenta hacer en su trabajo es poner en palabras las historias y la belleza que esconden o que están escondidas en las ecuaciones. Con esa habilidad nos muestra y nos comparte un increíble mundo lleno de fantásticas pero eternas y coherentes posibilidades en el que hasta lo más ínfimo puede tomar características colosales o donde la totalidad del todo puede estar en el más pequeño grano de arena del último desierto.
Que también no deja de tener su encanto oriental… la verdad es muy bueno, muy bueno espero que les interese ahora yo me voy a continuar leyendo el último libro..
Si lo leen y quieren comentarlo pueden escribirme a lecturasdelbosque@gmail.com
Estoy pensando hacer un canal de Telegram en el que se pueda conversar sobre las lecturas... al que le interesa, si hay alguien que le interese participar me puede mandar su contacto a ese correo.
Bueno, un abrazo y hasta la próxima.
16m - Jan 14, 2024
