SHOW / EPISODE

#36 La palabra del mudo - Julio Ribeyro

17m | Sep 3, 2026

En cada uno de nosotros existe un rincón interior en el que quedan apiladas anécdotas y recuerdos que nos impresionaron, que nos conmovieron, que nos dieron rabia, que nos hicieron o reír o llorar, y que, de tanto en tanto, reaparecen en nuestra memoria para recordarnos de qué se trata la vida.

Una parte de esa compilación son recuerdos de cosas vividas por nosotros mismos; pero otra parte no. Son cosas que hemos leído, o el chisme de un vecino, o la anécdota de un amigo, la aventura de un tío, los recuerdos de la abuela. Sus historias se vuelven nuestras, y nosotros las volvemos a contar para compartir las emociones o visiones que causaron.

Y otras veces ni siquiera son historias, sino simplemente un olor, un sabor, una melodía. La materia prima de sueños y pesadillas.

Y es así como funcionan los cuentos de Julio Ramón Ribeyro; quizás por eso es que se sientan tan íntimos y tan propios: porque son como un episodio de esos que llevamos guardados dentro.

Sus personajes se sienten familiares y cercanos; uno conecta con ellos en el acto: el viejo cruel que maltrata a sus nietos para alimentar el hambre voraz de un puerco que se llama Pascual, el colchonero que sería capaz de vender a su hija por dos pesos, el amigo que se muere de envidia por la mujer del otro, el logiero que se pasa la vida sin saber por qué hace lo que hace, el borrachín que no trabaja porque estudió para gerente… Todos nos recuerdan a algún familiar, a algún conocido o a alguna de las tantas personas que fuimos una vez.

Así, en su antología La palabra del mudo, hay diferentes tipos de cuentos. Unos divertidos, como el cuento de la chicha valiosísima que guardaba una familia desde hace años, esperando la ocasión especial para compartirla, y que un día, por necesidad adolescente, el hijo quiere vender para generar flujo de caja, y que por cosas de la vida, en vez de degustada, termina orinada por un perro.

Otros son curiosos, como el cuento de un artista que, obsesionado con la idea de que para cada uno de nosotros existe por lo menos una persona exactamente igual en este mundo, se lanza en una viaje de búsqueda que fracasa con todo éxito, pero en el que, sin embargo, encuentra el espejismo del amor, y que, al volver a casa, descubre que ha sido suplantado.

Tiene cuentos sublevantes también, como «Al pier del acantilado», que narra la historia de don Leandro y sus dos hijos, que, como tanta gente, son empujados a las afueras de las afueras mientras buscan cómo hacerle para subsistir. Este cuento tiene la apertura más linda de todas, en la que Don Leandro, que hace de narrador, se compara con la higuerilla: una planta resiliente que lo aguanta todo, pero a la que también se la considera una maleza, una hierba mala e invasora.

Escuchen cómo comienza:

«Nosotros somos como la higuerilla, como esa planta salvaje que brota y se multiplica en los lugares más amargos y escarpados. Véanla cómo crece en el arenal, sobre el canto rodado, en las acequias sin riego, en el desmonte, alrededor de los muladares. Ella no pide favores a nadie; pide tan solo un pedazo de espacio para sobrevivir. No le dan tregua el sol ni la sal de los vientos del mar, la pisan los hombres y los tractores, pero la higuerilla sigue creciendo, propagándose, alimentándose de piedras y de basura. Por eso digo que somos como la higuerilla nosotros, la gente del pueblo.»

¿Bonito, no?

Escribe con una ternura sutil, con mesura, tanto en el humor como en las desgracias que a veces nos muestra; como si el narrador se preocupara hasta por el más desalmado de sus personajes, con cierto respeto por la vida, que se pinta venerable e incomprensible, que a su vez es ilusión y desencanto, bella fantasía y triste realidad, que tan pronto nos da como nos quita.

Es esa sutilidad y mesura, esa dignidad que cobra la vida incluso en sus más duros desencantos, lo que más me gusta de los cuentos de Julio Ribeyro.

Uno de los cuentos que más me gustó se llama «El profesor suplente».

El cuento empieza cuando un político/profesor irrumpe de pronto en la casa de un matrimonio que ocupaba las últimas horas de la tarde ejerciendo el placer universal de quejarse, que motivos nunca faltan.

El tipo que entra inmediatamente me hace acuerdo al meritísimo juez Siqueira, lumbrera del saber y mentor del pícaro poeta que narra la historia de mi querido capitán de ultramar.

Entra entonces el meritísimo juez en su versión limeña: entra feliz de la vida y, antes de que nadie pueda hablar, anuncia que se tiene que ir ya mismo de viaje, quién sabe, tal vez a perderse en la dorada piel de la disimulada Dondoca, lo que explicaría su estado de exaltación.

Antes de que le puedan responder, le dice al dueño de casa que por fin había llegado su oportunidad, que tiene que suplantarlo en las clases del colegio durante su ausencia, que un hombre de su calidad no puede ser un simple cobrador, que este puede ser el inicio de una brillante carrera, que él siempre supo que en realidad pertenece al magisterio.

Antes de que la pareja pueda responder, el meritísimo llama por teléfono al colegio, hace todos los arreglos, los abraza, se despide y se va. Matías Palomino, que al principio parecía como incrédulo, se va dando cuenta de que las palabras del meritísimo no eran más que la pura verdad: ciertos accidentes de la vida lo pusieron de cobrador, pero una inteligencia de su calibre solo podía estar predestinada a cosas de mayor categoría; no podía continuar desperdiciando su talento. Había llegado su hora.

Se levanta y, sin decir nada, se sirve una copita del vino reservado para las visitas, le dice a su esposa que no deje que nadie lo interrumpa, ni siquiera los amigos que todas las noches pasan a jugar cartas con él, y, acto seguido, se encierra a preparar la clase que tiene que dar al día siguiente.

Se desvela estudiando y, a la mañana siguiente, antes de salir, orgulloso le dice a su esposa, que a las apuradas le limpiaba las arrugas del saco, que por favor coloque una tarjeta en la puerta que diga: «Matías Palomino, profesor de historia».

Así comienza su partida triunfal. Por fin iba a redimirse: dos veces lo habían aplazado cuando intentó ser abogado solo porque se ponía nervioso en el examen. Si lo vieran ahora, convertido en profesor a punto de impartir los graves desenlaces de la Revolución Francesa.

Entonces llega a la entrada del colegio y se da cuenta de que ha llegado 10 minutos antes. Llegar tan temprano le parece poco elegante y decide dar una vuelta a la manzana para hacer tiempo. Mientras caminaba, de pronto ve su propio reflejo en la ventana de una tienda y como que no se reconoce a él mismo; como que en ese reflejo de ojeras pronunciadas por el desvelo, de bigote caído y triste, no lograra encontrar al flamante nuevo profesor.

Un poco desanimado sigue caminando, ya volviendo al colegio; pero cuando iba llegando a la entrada, ve a un portero de uniforme y a un grupo de señores de sotana. El poder de los uniformes lo deja nervioso, le hace recordar a los jueces de sus exámenes, a los aplazos, al fracaso. En su nerviosismo, sigue caminando y pasa de largo la entrada del colegio. Se da cuenta de que los curas lo espían de reojo y cuchichean sobre él. Se pone más nervioso porque se da cuenta de que no recuerda nada de la Revolución Francesa; peor aún, lo ha mezclado todo. De pronto se me hace que lo único en que puede pensar es en Luis XVI compartiendo unas cervezas con Robespierre en un bar de Manabí.

En eso siente que alguien se acerca. Era el portero. Del susto, tumba todos sus papeles y, mientras los levantaba, el portero le pregunta si por si acaso él no era el nuevo profesor suplente.

¡Matías Palomino le responde enérgicamente que no, que se confunde, que él es cobrador!

Entonces vaga confundido hasta que se cae y se duerme. Más tarde despierta con el alboroto de los niños que salían de la escuela y, aturdido, vuelve a su casa.

Cuando llega a su casa, su esposa lo espera en la puerta y, emocionada, le pregunta si todo había ido bien en su primera clase. Él le dice que sí. Y cuando la ve, descubre que por primera vez en la vida lo estaba mirando con orgullo; entonces no puede soportarlo, la abraza y se echa a llorar.

A mí este cuento me encantó.

Primero, porque toca el tema de la identidad y de la pretensión. ¿Quiénes somos? ¿Quiénes pretendemos ser? ¿Somos nuestro oficio, la actividad por la que hemos conseguido que nos paguen? Creo que hay mucha gente para la cual su trabajo es una parte enorme de su identidad. Se deben decir a sí mismos: «No, si yo soy un intelectual, ¿cómo me voy a poner a vender ropa?»; o «No, si yo soy doctor, ¿cómo me van a poner de ayudante?»; o «No, no, no, si yo soy un artista, ¿cómo me voy a vender de esa forma? No, no puedo».

Como cuando le dijeron a mi tío que estaba gordo y se enojó: respondió que él era ganadero y no modelo. Su oficio le permitía ser gordo, lo requería. Es parte del combo. O como el tipo que era juez y que todas las mañanas se miraba al espejo y se decía a sí mismo: «Buenos días, señor juez». Y que un día, mientras se afeitaba, se cortó la mejilla e inmediatamente se disculpó: «Perdón, señor juez».

Personalmente, yo nunca le di mucha importancia a eso. Por un lado, siempre me gustó trabajar; aprendí que es una cosa digna y purificadora, al estilo protestante. Lo vi como una oportunidad para aprender, para ganarme la vida. Pero nunca lo vi como parte de mi identidad, ni tampoco lo veo como parte importante de quiénes son las personas que quiero y que veo.

Dudo mucho de que mis padres y hermanos me vean como una persona que hace los trabajos que he hecho. Estoy seguro de que cuando piensan en mí no piensan que soy un adiestrador de perros o un vendedor de bicicletas: soy Camilo, su hermano querido. ¿Y será que ellos se ven a sí mismos a través de su oficio? Espero que no, porque eso ni siquiera empieza a definir quiénes son. Y lo mismo con mis amigos.

Hagamos un ejercicio. Pensemos en el coronel Aureliano Buendía, por ejemplo. ¿Podríamos definirlo como un coronel? ¿Podríamos siquiera comenzar a conocerlo por su oficio? Si pensamos en él como un orfebre, o como revolucionario, o como un político, nos quedamos cortos, ¿no? Muy cortos. Mirándolo así, no veríamos nunca que lo que lo define es su incapacidad de amar, la soledad.

Ahora pensemos en un opuesto al coronel Aureliano Buendía: propongo a Jesús de Nazaret. De oficio también artesano, carpintero esta vez. También revolucionario y también político. Sin embargo, al contrario del coronel, lo que lo define es su absoluta capacidad de amar, de comunión total.

Volvamos al cuento. A pesar de su brevedad, veo a Matías Palomino y no veo a un cobrador, y mucho menos a un profesor de historia. Veo a un hombre confundido, con ganas de impresionar, como nos puede pasar a todos cuando estamos confundidos; de impresionar al mundo y a sí mismo también. Entonces tiene que pretender y vestirse con esa máscara que descubre en el reflejo del vidrio. Cuando el portero lo confronta, para librarse de esa máscara tiene que volverse a poner la de cobrador, y continúa confundido.

Cuando vuelve a casa, continúa confundido y le miente a su mujer, que lo mira con orgullo. Pero el orgullo no es porque ahora sea profesor de historia, sino porque ella lo quiere y piensa que ha hecho algo que lo hace feliz. Es una mirada de amor.

Solo en el abrazo de su mujer, llorando en el hombro maternal que lo conforta, vemos al Matías Palomino de verdad.

Y así es, señores y señoras, como Julio Ramón Ribeyro, con ternura y simplicidad, nos cuenta sobre la ilusión y desilusión que en todas partes significa estar vivo.

Fin





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